Lo que dicen las palabras

Nube-de-palabras

Miguel de Unamuno
“Escudriñad la lengua, porque la lengua lleva, a
presión de atmósferas seculares, el sedimento de
los siglos, el más rico aluvión del espíritu colectivo;
escudriñad la lengua.”

La palabra chocolate nombra una deliciosa y reconfortante bebida y también una rica golosina. Su origen es evidentemente americano y seguramente mexicano, pero su etimología no está del todo clara. Dejando a un lado los galimatías de algunos lexicógrafos despistados, hay dos opiniones serias al respecto: una que supone un origen maya, y otra, tal vez más confiable, según la cual procede del náhuatl chocóatl, compuesto de chócoc: agrio, ácido; amargo, y átl: agua o bebida (literalmente “agua o bebida agria, acida o amarga”), que dio chocolate y también cocoa. Además, hay la versión según la cual la palabra proviene del náhuatl chocócatl o chocoxtícatl, compuesto de chocóxtic: café amarillento, y átl: agua.

La palabra flamenco tiene en español tres significados distintos, y cada uno de ellos difiere de los demás precisamente porque tiene un origen completamente diferente. Así, flamenco puede significar “natural de Flandes”, si procede del neerlandés flaming; o “cierta ave palmípeda (Phoenicopterus roseus), de coloración intensamente roja en la cabeza, espalda y cola, parte superior de las alas, pies y parte superior del pico”, si procede del provenzal flamenc: rojo como una llama (literalmente, “llameante”), del latín flamma: llama; o, por último, “lo relativo a lo andaluz que tiende a hacerse agitanado (como el cante o el baile)”, cuando procede del árabe egipcio fellah mencu, literalmente “campesino huido”, que se refiere a los moriscos que se refugiaron en las montañas de Andalucía.

Para muchos filólogos, lingüistas, críticos y tratadistas, cuento es, simplemente, “la relación o enumeración de sucesos”, porque, según ellos, la palabra procede del verbo contar y éste del latín computare: calcular, sumar, acumular; enumerar. Pero, en realidad, la palabra cuento procede del latín commentum, que significa “invención ingeniosa”, “ficción”, “imaginación”, y también, “falsedad, mentira”, como cuando se dice: “no me vengas con cuentos” o “esos son cuentos”. Commentum es un sustantivo neutro que procede del adjetivo commentus: inventado, fingido, imaginado; participio pasivo o de pasado del verbo comminisci: inventar, fingir, imaginar. El cuento es, pues, una ficción, una invención de la mente de su autor, una anécdota imaginada. La simple relación o enumeración de sucesos será un “relato”, una “crónica”, un “testimonio” o hasta un “acta”, pero no un verdadero cuento.

Al hablar de Iberia se entiende comúnmente “el territorio de la península más occidental del Mediterráneo”, precisamente la Península Ibérica, donde actualmente se asientan España y Portugal. Pero Iberia es también —y parece ser que mucho antes— el nombre de un país situado en la región caucásica, al cual corresponde la moderna Georgia y de donde, según algunos, proceden los vascos, que, por eso, se han confundido en ocasiones con los iberos, los cuales, para ciertos tratadistas, proceden más bien de los bereberes (habitantes de Berbería), que forman parte de la raza más antigua y numerosa de las que habitan en el norte de África.

En ciertos medios se usa mucho ahora la palabra gandaya en el sentido de “persona sinvergüenza, tramposa, aprovechada” e incluso “delincuente”, y hasta se ha formado el verbo agandayar, con el significado de “aprovecharse abusivamente de algo”, “usurpar” o, simplemente, “robar”. Curiosamente, aunque parezca muy de hoy, gandaya es un viejo término: se usa en español desde el siglo xvii, en el sentido de “vida holgazana” o, aplicado a persona, de “pícaro” o “tunante”; procede del catalán gandalla, vocablo usado en esa lengua desde el siglo xiv, con el significado original de “redecilla para el cabello”, y después, de “bandolero”, “gente del hampa” porque los maleantes y vagabundos de los siglos xvi y xvii llevaban el cabello recogido con estas redecillas, precisamente como ahora lo hacen los miembros dé algunos grupos marginados.

El verbo reborujar (revolver, confundir), en todas sus formas y derivaciones, es muy usual, popular y hasta vulgar en ciertas regiones de habla española (en algunas de ellas se vuelve “rebrujar”); en otras, en cambio, es completamente desconocido. Es curioso notar que, aunque parezca extraño, reborujar tiene la misma raíz que el vocablo culto involucrar, pues uno y otro proceden del latín volveré: volver, rodar, dar vueltas, voltear, y así in-volucrar es en-volver y  reborujar es re-volver.

Hay quien piensa que adolescente es aquel que está enfermo, que padece de algo, que pasa por un momento difícil, o, peor aún, a quien le falta algo. Y en realidad, adolescente significa, simplemente, “el que está creciendo” (literalmente, “creciente”). En efecto, la palabra adolescente procede del latín adolescens, que es el participio activo o de presente del verbo adolescere, que significa “crecer”, “ir en aumento”. Y precisamente, el participio pasivo o de pasado de este mismo verbo es adultus, de donde nuestro adulto, que significa “crecido”, “el que ya terminó de crecer”. Por otra parte, pero sin relación con lo anterior, existe en español el verbo adolecer, procedente del latín dolescere, intensificativo de dolere (doler), que significa “apesumbrarse”, “afligirse”, y éste sí tiene el sentido de “caer enfermo” o “padecer”.

Codo es la “parte posterior y prominente de la articulación del brazo con el antebrazo”, y el término procede del latín cubitus. Pero en algunos lugares, codo, aparte del significado apuntado, tiene también el de “avaro”, “mezquino”, “ambicioso”; ¿a qué se deberá esto? Pues, sencillamente, a que en este caso la palabra se deriva de cupidus: codicioso, ávido, ansioso, que ambiciona con ardor.

La palabra latente procede del latín latens, que significa “oculto”, “escondido”, “misterioso”; del verbo latere: estar oculto; como cuando se dice “peligro latente”; “enfermedad latente”. Latiente, en cambio, quiere decir “que late”; del verbo latir, que significa “dar latidos”, y también “ladrar”, que procede del latín glattiere: ladrar como los perros pequeños; así, se dice “su corazón aún estaba latiente”, o “una jauría de perros latientes”.

Gringo es la denominación —con cierto matiz despectivo y tal vez xenófobo— que se da en algunos países de lengua española al extranjero, especialmente al de la lengua inglesa. Esta palabra, usada ya desde el siglo xvii, es una alteración de griego para significar “un lenguaje incomprensible” y se aplicó primero a cualquier idioma extraño y luego al que lo hablaba; así se decía: “eso para mí es gringo”, después: “ése habla en gringo”, y, por último: “ése es gringo”.