Los diez mandamientos de la escritura

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Heker, Liliana

Narradora, ensayista y periodista argentina, nacida en Buenos Aires. Autora de una notable producción prosística que ha rebasado las fronteras de su país natal para llegar hasta los más apartados lugares de Europa y América del Norte, está considerada como una de las figuras más sobresalientes de la literatura argentina contemporánea escrita por mujeres.
Liliana, le dio a http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/los-10-mandamientos-escritura/41456, lo que considera son las diez máximas para escribir, que a continuación se anotan y, como no, me permití hacer algunas consideraciones al respecto aún cuando jamás estaré a la altura de esta, ni de otros magníficos escritores (Paréntesis)

1) Las ganas de escribir vienen escribiendo. Es inútil esperar el instante perfecto en que todos  los problemas han desaparecido y solo existe el deseo compulsivo de escribir: ese instante no existe. En general, uno se sienta a escribir venciendo cierta resistencia —salir del estado de ocio no es natural—, uno oficia ciertos ritos dilatorios, uno por fin, con cierta cautela, escribe. Y en algún momento uno tal vez descubre que está sumergido hasta los pelos, que todos  los problemas han desaparecido, y que no existe otra cosa que el deseo compulsivo de escribir.

(Bien es cierto que también puede desencadenarse el deseo de escribir después de una buena lectura, una buena charla, y, por supuesto, unos buenos tragos, cuando es posible aparezcan luminosas y otras no tanto ideas relacionadas con el hermoso arte de escribir).

2) La primera versión de un texto es sólo un mal necesario. Suele estar bien lejos de aquello completo e intenso que uno difusamente ha concebido. Corregir no es otra cosa que ir encontrando a Moisés dentro del bloque de mármol.

(Al respecto, alguna vez me comentaron que es permisible que otros sugieran correcciones con lo cual, a menos que uno lo solicite, no estoy de acuerdo. Cualquier corrección a lo escrito debe ser igualmente realizada por nosotros. Jamás perder nuestra individualidad, aún si otros no concuerdan con lo escrito)

3) En literatura no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro, que una cara, que una jeta, “Dijo que estaba harto” no equivale a “—Estoy harto — dijo”. Aferrarse a una frase o una palabra simplemente porque ha salido así del alma, es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal parlante para que repitiera un leit motiv al final de cada estrofa. Y naturalmente el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces conviene sacrificar al loro.

4) Ni la espontaneidad ni la velocidad son valores en literatura. Tantear, tachar, descubrir nuevas posibilidades, equivocarse tantas veces como haga falta, ir acercándose paso a paso al texto buscado: ese es el verdadero acto creador. Lo otro es como estornudar.

(Las ideas pueden estallar súbitamente y poder ser plasmadas en poco tiempo, pero debemos ser cautelosos y revisar cuidadosamente lo escrito cuantas veces sea necesario a fin de estar completamente seguros de que lo que escribimos es lo que realmente queremos plasmar)

5) Cuando se escribe, no hay que tenerles miedo a los sentimientos, pero tampoco hay que tenerle miedo a la lucidez. Uno tiene tan pocas cualidades que no veo razón para que se despoje de alguna de ellas para hacer literatura.

6) La realidad proporciona buenas situaciones pero no construye obras artísticas. Tajear un hecho, distorsionarlo, cambiarle o anularle alguna pieza, son atribuciones que un autor de ficciones puede tomarse sin ninguna culpa. No es al acontecimiento real al que debe serle fiel sino a la luz secreta que él descubrió en ese acontecimiento y lo tentó a escribir.

(Ya se ha dicho muchas veces que “la realidad con frecuencia supera a la fantasía”)

7) No hay que empezar un cuento si no se sabe cómo va a terminar. Se corre el riesgo de ir de acá para allá, sin ton ni son, esperando que el final caiga del cielo. Los buenos finales no suelen tener origen celestial: aunque no se lo note, vienen mandados desde la primera frase.

(Pero suele suceder que en el transcurso de escribir una relato repentinamente visualicemos un final alterno al que habíamos planificado)

8) Una novela requiere una escritura y una estructura rigurosas como las de un cuento. Si tiene páginas grises, esos grises deben estar tan cargados de tensión como lo están en el Guernica, de Picasso. Si no, son meramente un plomo.

9) La inspiración no existe; en eso se parece a las brujas. Entonces, cuando las palabras parecen cantarle a uno  en la oreja, y siente que todo lo que está escribiendo tiene la música justa, el ritmo exacto, la tensión precisa que debe tener, uno puede llamar a ese estado de privilegio como más le guste, pero lo mejor es que suelte el freno y deje rodar la locura. Es hermoso, solo que no hay que creer que es el único estado en que se hace literatura. Porque se corre el riesgo de no escribir más que una página en toda la vida.

10) Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a dudar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo que a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas,  va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo.

(Como en todo, lo difícil es empezar, luego mantenerse, pero debe quedar bien claro a todo aquel que intenta escribir algo, que se debe tener el respaldo de una buena cultura y, por supuesto, conocimiento básicos de gramática, especialmente sintaxis.)

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