¿Malas intenciones?

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Hesse, E., Mikulan, E., Decety, J., Sigman, M., Garcia, M., Silva, W., Ciraolo, C., Vaucheret, E., Baglivo, F., Huepe-Artigas, D., Lopez, V., Manes, F., Bekinschtein, T. & Ibanez, A. Early detection of intentional harm in the human amygdala. BRAIN, Accepted. https://www.researchgate.net/publication/282154849_Early_detection_of_intentional_harm_in_the_human_amígdala

La capacidad de identificar si alguien va a cometer (o comete) una acción malintencionada contra otra persona constituye un componente crítico del juicio y la cognición moral. Más importante, detectar a tiempo si otra persona tiene la intención de agredirnos es una habilidad crítica para la supervivencia.

En general juzgamos cuan bueno o malo es un acto dependiendo principalmente de si hay mala intención (ej., la intención de dañar o agredir) que hay en el actor, más que de si el resultado en sí es malo o no. Por ejemplo, consideramos igualmente inadecuado desde el punto de vista moral si:

  • (a) una persona quiere matar a otra (supongamos para robarle) y lo hace

  • (b) quiere matarla pero no logra hacerlo.

Es decir juzgamos las acciones moralmente a partir de la intención de dañar más que del resultado de dicha acción.

En el sistema de derecho penal anglosajón, la intención de dañar (o mala intención) está altamente sobredimensionada al momento de evaluar el daño y sufrimiento de la víctima. En la vida cotidiana, ocurre algo similar, que se conoce como el efecto “intention-magnifies-harm”.

Cuando una persona inflige una acción que desencadena un sufrimiento o agresión en otra persona, si dicha acción es intencional (a propósito), tendemos a considerar el daño o sufrimiento como más doloroso, sentimos más empatía por la víctima y queremos castigar/condenar más al agresor, que cuando la misma agresión no es intencional (ej., si fue causada por accidente).

Los psicópatas, las personas que ejercen acciones de deshumanización, o pacientes con ciertas enfermedades neurológicas que afectan la impulsividad y la desinhibición, tienden a valorar menos la intención de dañar al momento de juzgar moralmente los actos de otras personas.

Los niños pequeños (incluso los infantes) son capaces de distinguir acciones de daño intencional de las de daño accidental.

En resumen: la intención (o la mala intención) es detectada muy rápido porque es crítica para la supervivencia, el juicio y la cognición moral.

¿Como se las arregla nuestro cerebro para facilitar de forma híper-veloz (en unas décimas de segundos) esta hipertrofia de la detección de conducta malintencionada?

Las neurociencias cognitivas no han provisto aun una repuesta clara. Sabemos que en estos procesos se activan diferentes áreas cerebrales (frontales y temporales) involucradas en la capacidad de inferir los estados mentales de otras personas (incluyendo la intencionalidad), la empatía, y otros aspectos de la cognición moral.

Sin embargo, hasta la fecha no se ha podido determinar qué región (o red) es crítica para la detección rápida de la intencionalidad de dañar. Los estudios de neuroimágenes (resonancia magnética funcional o tomografía por emisión de positrones) no poseen la resolución o precisión temporal para poder establecer que áreas o redes detectan en unos pocos cientos de milisegundos si una agresión fue intencional o accidental.

Por otra parte, los estudios de técnicas electromagnéticas, aunque sí brindan información temporal muy precisa, no cuentan con la resolución espacial para determinar fehacientemente que regiones son críticas para esta capacidad.

Para poder develar las bases cerebrales de la identificación de la intención de dañar, en un estudio liderado por el Dr Agustin Ibáñez y ejecutado por la ingeniera Eugenia Hesse (ambos del grupo INECO-CONICET-NUFIN) y diversos colegas del Hospital Italiano y otros centros de investigación, se indagó esta capacidad mediante registros intracraneales invasivos en humanos, que es una técnica excepcional: a algunos pacientes con epilepsia refractaria en los que no se puede detectar el foco epiléptico, se le colocan electrodos directamente a lo largo de múltiples regiones del cerebro, a fin de detectar dónde se genera la epilepsia y poder intervenir mediante cirugía.

Combinando técnicas de electrofisiología y neuroimágenes se puede saber la localización exacta de cada sensor, en el milisegundo exacto en que se produce una respuesta neuronal. Es una técnica exclusivamente implementada para curar al paciente. Pero debido a que los pacientes pasan muchos días con los electrodos en su cerebro, es posible investigar los correlatos cerebrales de diferentes aspectos mentales.

Estos registros constituye uno de los métodos más precisos de las neurociencias cognitivas en humanos ya que permiten determinar mejor que ningún otro donde y cuando el cerebro genera una actividad neuronal asociada a determinado proceso cognitivo. Constituye el único método de medición directa de la actividad cerebral en humanos. En palabras simples: nos permite mirar directamente adentro del cerebro cuando se está realizando alguna actividad cognitiva.

A estos participantes se les presentaron muchos videos (cada video duraba exactamente 1.7 segundos, en realidad son tres imágenes sucesivas que generan la impresión de movimiento). Se presentaban 3 tipos de situaciones  en las que una persona ejercía sobre otra:

  • (a) un daño de forma intencional (ejemplo: le golpeaba con un palo)
  • (b) un daño de forma accidental (ejemplo: accidentalmente e inadvertidamente le pegaba con una raqueta)
  • (c) una acción neutral (ejemplo: le pasaba un cuaderno).

Los participantes debían luego de ver cada vídeo, indicar (mediante dos botones) si había ocurrido (o no) una intención de dañar a otra persona. Así, durante la tarea, se registró la actividad más de 115 áreas diferentes del cerebro.

De forma sorprendentemente sistemática, y en cada uno de los sujetos, una misma región del cerebro (la amígdala) respondía selectivamente cuando la acción implicaba una intención de dañar. Esto se observó de forma ultrarrápida, durante los primeros 200 milisegundos del vídeo (y varios segundos antes de que los sujetos clasificaran la acción como intencional o accidental). Más aún, la respuesta selectiva de la amígdala a cada situación predijo si el participante iba a clasificar posteriormente dicha acción como malintencionada o accidental. En esta ventana ultrarrápida, solo la amígdala (entre cientos de regiones frontales y temporales) discriminó las acciones intencionales y predijo la clasificación que luego decidiría el sujeto varios segundos después.

Adicionalmente, usando técnicas recientes de conectividad cerebral que permiten establecer como se coordinan múltiples áreas cerebrales en una tarea, encontramos que la amígdala se comunicaba selectiva y tempranamente con diversas regiones frontales y del lóbulo temporal, durante la observación de acciones de daño intencional.

“La amígdala y sus redes frontotemporales son decisivas para la detección ultrarrápida de la acciones malintencionadas”

Así, este estudio evidenció por primera vez que la amígdala en humanos no solo procesa aspectos básicos como se pensaba hasta hace poco (como la emoción o el reconocimiento de objetos), sino también procesos de alto nivel como la detección temprana de la intención de dañar mediante un procesamiento rápido y un acoplamiento subsiguiente con diversas regiones fronto-temporales. La coordinación de la información de la escena del video (el contexto de la acción que permite inferir si habrá o no una intención de dañar) con la acción específica del agente, fue indexada por redes fronto-temporales en las cuales la amígdala juega un rol crítico en el procesamiento ultra-rápido de eventos relevantes.

Este estudio determinó entonces que la amígdala y sus redes frontotemporales son decisivas para la detección ultrarrápida de la acciones malintencionadas, un proceso que es crítico para la cognición moral, la empatía y la llamada teoría de la mente (la capacidad de inferir estados, intenciones y creencias en las otras personas).

Estos resultados brindan la primer evidencia directa de que la amígdala no solo posee un rol básico en las emociones aversivas (ej., miedo) o en el reconocimiento de objetos, como fuera tradicionalmente propuesto, sino que esta forma parte de una red múltiple que procesa la saliencia o relevancia de la información (social) e interviene en mecanismos de alto nivel.

Esto es justamente lo que se ha propuesto con una nueva   teoría (llamada “Many Roads View”) de la amígdala, que propone un rol crítico de dicha región en procesos cognitivos de alto nivel (relevancia social) más que puramente emocionales. De esta forma, este estudio da un paso adelante en la dirección de dicha teoría, al determinar que el área más critica para la detección de la (mala) intención es la amígdala (en acoplamiento con redes distribuidas), superando las limitaciones de los trabajos de neuro-imágenes que no habían podido dar cuenta de este fenómeno, y abriendo un nueva área de investigación sobre el rol del procesamiento ultra-rápido de las redes cerebrales de la amígdala en procesos de alto nivel como la cognición moral.

http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=87854&uid=520577&fuente=inews