Sobre la carcinogenicidad de la carne

88046

http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=88046&uid=520577&fuente=inews

En el reciente atracón informativo sobre la carcinogenicidad de la carne se han difundido mensajes acertados y mensajes falsos, se ha opinado mucho y se han hecho chistes que pronto olvidaremos, pero ¿estamos ahora mejor informados? Probablemente muchos habrán hecho oídos sordos, otros estarán más confundidos que antes, algunos serán si acaso más escépticos y quizá solo una minoría más crítica y enterada tenga ahora un criterio mejor informado sobre el riesgo real que representa el comer habitualmente carne roja o procesada. Dicen los de Babbel que “sobremesa”, ese tiempo de conversación que se disfruta tras una comida, es una palabra genuinamente española imposible de traducir a otros idiomas. Pues bien, puesto que el menú informativo sobre la carne ha sido copioso e indigesto, vale la pena hacer un poco de sobremesa para analizar los mensajes, las estadísticas, el periodismo, la ciencia, la política y el impacto sobre la ciudadanía y sus hábitos.

La etiqueta de carcinógeno

Todo el revuelo informativo surge no de nuevas investigaciones sino de una clasificación o etiqueta de la International Agency for Research on Cancer (IARC) de la OMS. La IARC, que se dedica entre otras cosas a identificar las causas del cáncer para los seres humanos, las clasifica como causa segura (grupo 1), probable (grupo 2A), posible (grupo 2B), no clasificable (grupo 3) o improbable (grupo 4). Tras evaluar la investigación disponible (más de 800 estudios, 700 de ellos epidemiológicos), dictaminó el pasado 26 de octubre que la carne procesada (embutidos, fiambres, etc.) está en el grupo 1 porque causa cáncer (colorrectal, mayormente) y la carne roja está en el grupo 2A porque es una causa probable. La etiqueta de carcinógeno confirmado (grupo 1) ya la tienen el tabaquismo, las bebidas alcohólicas, la contaminación atmosférica y otros 115 agentes de los 900 que ha evaluado la IARC. La inclusión en el grupo 1 indica que la carne procesada causa cáncer, pero no indica la magnitud de este riesgo o si ocasiona más o menos cáncer que otras causas incluidas en dicho grupo. Y esto ha generado no poca confusión informativa (véase, por ejemplo, el titular de La Nación de Argentina: “Las salchichas y el jamón son tan cancerígenos como el tabaco, según la OMS”). Porque, lo cierto es que la carne no es, ni mucho menos, tan cancerígena como el tabaco o el alcohol, y ni tan siquiera como la contaminación atmosférica.

Las estadísticas del riesgo

Las estadísticas son números que resumen mucha información, y en el anuncio de la carcinogenicidad de la carne se han echado en falta algunos números relevantes. El único que ha difundido la IARC en su comunicado de prensa –y en la noticia asociada en The Lancet Oncology– es un riesgo relativo (procedente de un metaanálisis de 2011): el consumo de 50 gramos diarios de carne procesada eleva un 18% el riesgo de cáncer colorrectal. Esto dato puede parecer impresionante, pero ¿cuál es la magnitud absoluta de ese riesgo? El riesgo absoluto no aparece en la nota de prensa (ni en la noticia de The Lancet Oncology), simplemente se dice: “permanece pequeño, pero este riesgo aumenta con la cantidad de carne consumida”, en palabras de Kurt Straif, jefe del Programa de Monografías de la IARC. En realidad, la diferencia de riesgo de cáncer colorrectal entre los que comen menos carne procesada y los que comen más no es tan impresionante: entre los primeros, 56 de cada 1.000 (5,6%) personas desarrollarán cáncer colorrectal a lo largo de su vida, mientras que entre los segundos (los más consumidores), 66 de cada 1.000 (6,6%) personas sufrirán este tipo de cáncer, según los números del Cancer Research UK. El aumento de riesgo de cáncer de colon por comer carne procesada es, en valores absolutos, del 1% (del 5,6% al 6,6%). El aumento relativo del 18% es correcto, pero dicho de esta otra forma resulta menos alarmante y más esclarecedor.

Otras maneras de contar la historia

La carcinogenicidad de la carne puede explicarse, efectivamente, de otras maneras. Decir que si la gente dejara de tomar carne procesada se evitarían 10 casos de cáncer colorrectal por cada 1.000 personas es una de ellas. También es importante subrayar que tiene menos riesgo comer carne roja que carne procesada, y que el consumo de carnes blancas no parece llevar este riesgo asociado. Poner en perspectiva la carcinogenicidad de la carne es muy esclarecedor. Así, mientras el tabaco causa un millón de muertes anuales en todo el mundo, el alcohol 600.000 y la contaminación atmosférica 200.000, ¿cuántas causa la carne? Aun en el caso de que se demostrara que la carne roja causa cáncer (de momento es solo probable), su consumo causaría 50.000 muertes anuales, 20 veces menos que el tabaco, 12 menos que el alcohol y 4 menos que la contaminación ambiental.

La cadena informativa

La información de la clasificación de la carne como carcinógeno se apoya es una nota de prensa de la IARC y en un resumen publicado en The Lancet Oncology. En ambos textos faltan números relevantes y falta contexto. ¿Por qué la IARC difunde un escueto e incompleto comunicado de prensa antes de publicar la monografía científica con los detalles de la evaluación? Esta es sin duda una mala práctica informativa, que ha propiciado no pocos mensajes equivocados. En general, a los periodistas, que son la primera fuerza de choque informativa, les ha venido grande este tema y quienes han aportado contexto y clarificación han sido los expertos, como Miquel Porta en El PaísEsteve Fernández en SINC, o algunas instituciones, como lo ha hecho ejemplarmente el Cancer Research UK. Este asunto de la carne muestra que el periodismo ya no es el único mediador de la información de salud ni el más fiable, aunque hay que destacar su función de selección y altavoz de otros mediadores. La información de salud es, más bien, una cadena con muchas discordancias, disfunciones y puntos débiles, no todos atribuibles a los periodistas.

¿Y ahora qué? ¿Cómo me afecta eso a mí?

Con una información global tan desigual, incompleta y equívoca, no es de extrañar que la noticia haya creado más confusión que otra cosa. Puede que el mensaje de que hay que comer menos carne procesada haya calado en algún segmento de la población (aparte de reforzar a los vegetarianos en sus hábitos), pero esta idea ya la venían difundiendo las autoridades sanitarias, entre otras cosas con su famosa pirámide alimentaria (los cereales, verduras y legumbres forman la base de la alimentación, mientras que las carnes procesadas están en la cúspide, junto con los dulces). La comunicación de riesgos es un asunto complejo, no solo para los periodistas, los expertos y los políticos, sino también para los médicos, que deben aconsejar a sus pacientes. No todos los cánceres son tan fácilmente evitables como el de pulmón dejando de fumar (el de próstata, por ejemplo, no se asocia con ninguna causa prevenible). Comer menos carne procesada reduciría el riesgo de cáncer colorrectal, pero hay otros factores evitables que tienen un mayor impacto global sobre el cáncer. Si uno fuma, tiene sobrepeso, apenas come frutas y verduras, abusa del alcohol o toma demasiado el sol sin protección tiene cosas más importantes de las preocuparse. El anuncio de la IARC no altera en absoluto las recomendaciones sanitarias para la prevención del cáncer. Además, cambiar de hábitos alimenticios, como decía Grande Covián, es más difícil que cambiar de religión.

Apostilla para acabar la sobremesa. Del 24 al 31 de mayo de 2016 se reúnen los expertos de la IARC para evaluar la posible carcinogenicidad del café y otras bebidas calientes. Veremos qué nos dicen, cómo difunden sus conclusiones y cómo lo hacemos los periodistas y demás mediadores.