El amor como concepto filosófico y práctica de vida

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Entrevista con Edgar Morales. Maestro de la Fac. de Filosofía y Letras de la UNAM

http://www.revista.unam.mx/vol.9/num11/art92/art92.pdf

Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado.

Quevedo

Escuchamos la palabra amor y pensamos, invariablemente, en una pareja o en el amor romántico; todos parecemos estar familiarizados con este concepto, sin embargo, es más complicado definir el amor como idea o incluso como sentimiento. El amor no ha sido siempre el mismo: las costumbres, la cultura, el tiempo, lo han matizado y han hecho que varíe de rostro.

¿De dónde viene nuestra idea moderna del amor como una pasión trágica? ¿Por qué todas las canciones “románticas” son tremendistas? En esta entrevista con el filósofo Edgar Morales Flores podemos ver que no hay una sola definición de amor y cómo, a lo largo de la historia, la filosofía ha abordado este tema desde distintos ángulos.

¿Existe una definición del ‘amor’ en filosofía?

El problema de las definiciones en filosofía no es que se carezca de ellas, es que nos enfrentamos a la abundancia de las mismas; esto mismo se aplica al concepto de ‘amor’, hay casi tantas definiciones del mismo como filósofos han existido, sin embargo, yo diría que, en este caso, se pueden reducir a dos principales núcleos semánticos: Eros y Ágape. Esto es válido para la filosofía occidental, que se ha nutrido históricamente de dos fuentes culturales básicas, me refiero al pensamiento clásico grecolatino y a la matriz judeocristiana. Los griegos llegaron al punto en el que las principales discusiones alrededor del amor se centraron en el tema “erótico”, es decir, en los afectos del alma que partían del impulso hacia los cuerpos bellos y llegaban al ámbito de lo divino; así tenemos, por ejemplo, a Platón para quien el amor es el producto de una tensión entre la abundancia y la necesidad, de ahí su plenitud pero también su carencia: el amor es análogo al deseo que busca completar su satisfacción, pero cuya dinámica existencial  es  terriblemente agotadora  por  el  proceso  de  búsqueda  que  supone.

Por otro lado, la noción cristiana de ágape refiere más bien al ámbito de la gracia divina, su modelo es la plenitud y perfección del amor de Dios hacia los hombres, amor inmerecido que se otorga sin condiciones a quien incluso lo desprecia, el patetismo propio de esta noción cristiana tiene su precisa iconografía en la crucifixión del hijo de Dios, sangrando por su insensato amor a los hombres. Estas son las dos fuentes que rigen las principales acepciones del amor en Occidente, la noción ascendente de Eros, demasiado humana, estética y extática, y la noción de Ágape, divina, perfecta, compasiva y ética.

Seguramente las nociones que acaba de mencionar han cambiado con el tiempo Ciertamente, entre los mismos griegos no hay un genuino consenso respecto a la naturaleza del “eros”, muestra de ello es la serie de opiniones expresadas por los diversos personajes del Banquete de Platón, texto celebérrimo en la historia filosófica del tema, ahí los personajes discuten si eros refiere a un dios y de ser así cuál es su naturaleza y cuál nuestra capacidad para comprenderlo; se le exalta como divinidad primordial, como energía cósmica que mantiene unidos a los entes, como mero impulso sexual (heterosexual y homosexual) y como demonio que habita en la región intermedia entre humanos y dioses. El mismo Platón parece no llegar a un acuerdo definitivo en lo tocante a las implicaciones existenciales de “lo erótico”, por ejemplo, en el Banquete se concluye con la defensa de la autarquía socrática, incorruptible por el mero apetito carnal, que es capaz de desprenderse de toda afección que pudiera desfigurar la belleza del alma; pero en el Fedro, otro de sus diálogos, defiende más bien la noción maniática del rapto erótico que implica una serie de desfiguros patéticos para el alma: desasosiego, dolor, locura… ¿cuál es la verdadera posición platónica respecto a la naturaleza del amor? Es asunto interpretable. Con todo, como debe ser obvio, la noción platónica del amor sigue en la línea antes dicha, el amor es un deseo que busca su satisfacción y en esa búsqueda imprime sus huellas existenciales dolorosas, de ahí que Platón concluya su “imperfección” intrínseca.

¿Qué otros cuestionamientos del amor podemos encontrar en la filosofía occidental?

Es necesario hacer una aclaración importante, nuestra noción de amor no se puede aplicar de manera precisa y unívoca a otras matrices culturales o históricas, quiero decir que el “amor” puede implicar para nosotros relaciones románticas o sexuales, pero no necesariamente encontramos un solo término análogo en otras culturas, por ejemplo, entre los mismos griegos se podían hacer separaciones entre eros, filia, aphrodisia, epithemia (amor pasional, filial, sexual, deseante) y otras tantas acepciones que hoy podríamos cómodamente englobar bajo una sola palabra: amor. Por ejemplo, Aristóteles nunca aborda la temática erótica como tal, pero en él encontramos brillantes ideas respecto al amor entre amigos y las responsabilidades éticas que la amistad implica, es decir, si partiéramos sólo de los textos aristotélicos para hacernos una idea de la noción de “amor” que tenían los griegos, seguramente concluiríamos que eran demasiado conservadores.

El amor cristiano no siempre ha sido presentado como armonía de perfección divina, los cristianos antiguos pronto separaron el ágape de la cupiditas, polos de afecto entre los cuales se instauró una tensión que llegó a perfilar escenas tan dramáticas como las que escribió San Agustín en su libro VIII de las Confesiones o como el caso de Orígenes, quien prefirió castrarse a tener que vivir un día más con las pulsiones concupiscentes. Podríamos deducir que el “amor” en la Antigüedad tardía no implicaba, por supuesto, ninguna polución corpórea, que el verdadero y genuino amor se debía de dar en el marco de la moral ascética, es decir, en el contexto de una conciencia religiosa que había transformado el ágape de las comunidades cristianas del primer siglo en charitas, es decir, en amor moral, en relación afectiva por los seres humanos desprovistos de cualidades “amables”, enfermos, afligidos, menesterosos, extranjeros… a la luz de este contraste es que toma sentido lo que afirmaba Simone Weil “debe ser considerado un milagro que exista amor por quien sufre”. De esto se trata el Amor Dei, amor a Dios, que funda una comunidad moral, justa y bella, la civitas Dei, la ciudad de Dios, opuesta a la civitas diaboli, ciudad del diablo, fundada en el amor sui, amor de un sí mismo interesado y egoísta. Y a pesar de tales maniqueísmos San Agustín logró llegar a la refulgente conciencia cristalizada en su dictum: “ama y haz lo que quieras”. Pero tampoco es para ponerse demasiado contentos, dicha noción de “amor” suponía la existencia de los márgenes morales propios del “verdadero” amor, amor puro que no está motivado por intereses egoístas o concupiscentes. De hecho la tradición cristiana pronto conoció la propuesta de un “amor puro” (con pensadores como Clemente, Madame Guyon o Fenelon), amor tan perfecto y divino que derivó por un lado en el quietismo heterodoxo, y por otro en el desprecio jansenista al amor a otro ser humano puesto que cualquier apego a otro ser que no fuese Dios implicaba un robo de atención al único que lo merecía. Pero la tradición cristiana es aún más compleja que lo que acabo de mencionar, en ella también aparece asimilado y procesado el eros de la cultura pagana, un claro ejemplo es lo que sucede en las ramificaciones de la mística occidental, en ellas se puede encontrar una peculiar amalgama con la erótica, muchos místicos cristianos (piénsese en Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Johanes Tauler, Angela de Foligno, entre otros) expresaron sus profundas experiencias espirituales en lenguajes llenos de retóricas emocionales:  dolor,  sufrimiento,  éxtasis,  desfallecimiento,  gozos  divinos,  etcétera.

En fin, estos son ejemplos de cómo han evolucionado las ideas en torno al amor en la cultura occidental, los matrices se han cruzado, han irrigado campos diversos y aparentemente antagónicos; de hecho es curioso que la primer encíclica del papa Benedicto XVI esté dedicada al tema del amor de Dios, y en la cual, sorprendentemente (recuérdese la alineación conservadora de Ratzinger), se atestigua una reivindicación del eros en el seno de ágape. Pero regresando al punto de las variedades que podemos encontrar en los cuestionamientos que se han dado en la filosofía occidental, debemos recordar la gran revolución de valores que se dio en la Baja Edad Media con la difusión del patrón cortesano del amor, a partir de entonces surge una novedosa forma de entender este fenómeno, ahí se teje la cuna de nuestro actual ideal romántico, desde entonces los filósofos han sesgado su comprensión del amor al encuadre pasional, tal como sucede en Descartes o en Hobbes, en quienes ya vemos algunos esfuerzos por encuadrar la temática amorosa en el espectro de una antropología psicológica, o en pensadores como Rousseau o Schopenhauer quienes ofrecen una perspectiva más bien irracional de las pasiones amorosas, el amor como trampa, como cárcel y como engaño de la naturaleza para lograr sus propios fines.

Centrémonos en el tema del amor cortés: ¿fue ahí realmente donde nació nuestra actual idea de amor?

Sí y no. El tipo de amor que se expresa en la poesía de trovadores, Minnensänger y juglares o en leyendas celtas cristianizadas (como la de Tristán e Isolda), ciertamente trasluce ya las valencias románticas del amor, la elección libre y fiel a un solo amado, la pasión que se debe alimentar incluso con obstáculos artificiales, la lucha contra la moral, la deshonra que conlleva la desatención de la pasión amorosa, la melancolía aunada al apego excesivo, etcétera. Todas estas son características que, si bien acotan la proximidad con nuestra noción de “amor”, realmente no nacen ahí, nacen en tradiciones diversas. Puede resultar asombroso o exagerado remontar hasta sufíes como al-Hallaj, a juristas musulmanes como Ibn Hazm, a herejías dualistas como el bogomilismo, para dibujar los orígenes de la amatoria cortés; pero quien haya estudiado tales fuentes queda convencido de este hecho. Fue el filósofo francés Denis de Rougemont quien, en su libro clásico L’Amour et l’Occident, había insinuado tales tesis. No es necesario quedarse con todas las provocaciones a las que incita pero es irrebatible que nuestra actual idea de amor mucho debe a una transformación cultural que se atrevió a incorporar elementos francamente heterodoxos, al menos en tanto el gnosticismo, el sufismo, los movimientos dualistas y las tradiciones europeas precristianas pueden ser considerados ajenos al corpus de la ortodoxia cristiana de la Baja Edad Media. Son estas fuentes de donde surge, por ejemplo, la consagración de la patología del amor pasional como verdadero amor, amor deseable hasta la muerte no obstante el dolor que ocasiona. Tal idea supone una transformación de los valores que hacían ver el mórbido amor hereos (síndrome mortal caracterizado por la cogitatio inmoderada, la consunción y la melancolía) como algo deseable. Otro ejemplo está en la extensión de la concepción cabalística del beso de Dios (recuérdese el Cantar de los Cantares) que nadie puede recibir sin morir, o bien la trágica historia contada por sufíes sobre Layla y Qays, amantes que fueron separados durante años y que al momento de encontrarse muestran ya los efectos de la locura, historia tan pasional como sacra (recuérdese que Qays rechaza unirse a Layla porque toma conciencia de que la verdadera Layla no es la externa sino la que vive en él). Estos ejemplos, y otros más que podríamos relatar, son modelos que anteceden y dan forma al ideal cortés del amor y, por tanto, a nuestra actual noción romántica del mismo.

Parece un poco absurdo pensar que nuestra idea profana de amor romántico posea raíces religiosas

De acuerdo, no afirmo que nuestra actual concepción de amor sea religiosa, por el contrario, es demasiado profana, sin embargo posee una estructura irrefutablemente simbólica, y recordemos que las mejores formas de expresión del pensamiento dualista y simbólico son las que se dan en el seno de las creencias religiosas. La mítica lucha cósmica entre la luz y las tinieblas no sólo adquiere sentido en el ámbito de los mitos y las doctrinas, también se logran filtrar hasta las prácticas cotidianas más profanas, es decir, los procesos amorosos que vivimos, si es cierto lo que hemos dicho antes, traslucen las ancestrales luchas simbólicas entre el bien y el mal. Basta atender el último capítulo de la telenovela de moda, las fotonovelas románticas quincenales, la cartelera cinematográfica de la semana o una canción de música popular para darse cuenta que aún llevamos las cargas que impuso el amor cortesano. El “amor verdadero” es amor pasional, de nada sirve expresar las nimiedades del amor filial, se impone un imperativo dramático que coloca a los amantes en las peores situaciones, son presa fácil de un funesto destino que no logran comprender ni aplacar, aquí se instauran todas las retóricas del obstáculo, los amantes no logran satisfacer su unión más que a costa de muchos sacrificios, la muerte, la enfermedad, la ruina moral, la calumnia, y un sin fin de obstáculos suelen acechar a los amantes, quienes constantemente están frente a la tentación de abandonar todo y retornar a la paz del orden moral. Es curioso, pero debemos recordar que una de las primeras parejas que posee este desgarro existencial no surge de la fantasía literaria sino de la vida real, hablo del filósofo Pedro Abelardo y de su alumna Eloísa, ambos atravesaron las pasiones amorosas más intensas pero se expusieron a la purga moral correspondiente, Abelardo termina castrado y expulsado, Eloísa tomará los hábitos de la vida religiosa. Y este patrón se reinaugurará múltiples veces, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Laura y Petrarca. Aún hoy se deja sentir esta inercia en el imaginario amoroso, que pensamos como puramente secular pero que sigue siendo tan profundamente religioso como los antiguos mitos hierogámicos, donde el amante estaba condenado a una serie de pasiones trágicas (piénsese por ejemplo en la relación Tammuz-Innana, o Isis-Osiris).

¿Podemos afirmar entonces que toda expresión contemporánea del amor es necesariamente trágica? Esto puede parecer reduccionista

De acuerdo, de nuevo acoto lo dicho, no se afirma que todo “amor” en nuestros días sea amor pasional (trágico, malhadado, doloroso), sino que dicha noción pertenece a nuestra herencia simbólica, psíquica, que lidiamos con ella en el seno de nuestras relaciones ordinarias, que los medios de comunicación se encargan de recordarnos este arquetipo y que las crisis amorosas de quienes nos rodean suelen dar una vuelta más a la tuerca del amor pasión. Pero hay que traer a la memoria otra revolución axiológica: la del nihilismo, que ciertamente no pudo anular el halo significativo del amor pasional, en venganza lo hizo “extraordinario” e inoculó dosis letales de amor aletargado, intrascendente, indoloro. Pero cabe la pregunta de si es este tipo del que hablamos cuando pensamos en el “amor” hoy en día, me parece que no es así, y que de hecho la fuerza simbólica que adquieren las obras nihilistas es posibilitada por la nostalgia de algo que se ha perdido para siempre. Nos alarma pensar, lo digo por la opinión generalizada, que nuestras relaciones amorosas sean frágiles y estrictamente temporales, imperfectas, ordinarias e irredentas.

¿Esto quiere decir que el amor o es trágico o es intrascendente?

Es trágico en la medida simbólica correspondiente, todos estamos en capacidad de relatar nuestras tragedias amorosas, pero resulta sintomático que dichas “tragedias” sean más bien convencionales, si comenzamos a hurgar en los expedientes amorosos de los demás pronto nos damos cuenta de cuán ordinaria es la tragedia y cuán vulgar es el desgarro. Por lo mismo, contamos con múltiples válvulas que permiten nuestra sobrevivencia, las nuevas fábricas de imaginarios son los medios de comunicación, y en ellos está dictado el impersonal “imperativo de felicidad”, pero debe resultar obvio, a quien piense en ello, que no se trata de un imperativo novedoso, está en nuestra sangre cultural desde hace varios siglos, expresa las necesidades eufémicas del imaginario, si nos entregamos al amor sufriremos múltiples penas pero al final seremos recompensados. Este patrón narrativo permite oxigenar la imaginación que queda aplanada por la intrascendencia e insatisfacción real producidas por las contingencias y caprichos de las relaciones ordinarias. Por supuesto, el amor no es esencialmente trágico ni intrascendente, como tampoco es esencialmente bueno, bello y armonioso: se trata solamente de luchas en el imaginario. A fin de cuentas no sólo vivimos en la realidad de hechos fácticos sino también en la región de los significados y aspiraciones.

¿Qué fuentes podría recomendar a los lectores para aproximarse a las perspectivas filosóficas del amor?

Hoy en día contamos con numerosos estudios filosóficos dedicados a desentrañar el   complejo   amoroso,   entre   ellos   habría   que   destacar   las   investigaciones realizadas   por  Anders   Nygren,   Denis   de   Rougemont,   Eric   Fromm,   Jean-Paul Sartre,  Roland  Barthes,  Julia  Kristeva, Alain  Finkelkraut,  Comte-Sponville, Anthony Giddens, I. Singer y varios otros. Aunque sin duda una mejor opción es leer a los clásicos,  Platón, Agustín,  Ficino,  Bruno,  Kierkegaard,  Fourier,  y  un  largo  etcétera.

Ahora, yo estoy convencido de que lo mejor es dedicar algún tiempo a los textos literarios y espirituales, es en ellos donde el imaginario amoroso cristaliza de forma óptima, hablo de textos como el Cantar de los Cantares, el Collar de la paloma de Ibn Hazm, el Futuhat al-Makkiyya de Ibn Arabi, las múltiples versiones de la historia de Tristán e Isolda, el Roman de la Rose de Lorris y Meun, por mencionar sólo los que me pasan en este momento por la cabeza. Durante mucho tiempo me ha parecido que las mejores fuentes para acercarse a la comprensión del amor no son las que abordan de manera directa el tema, o de forma científica o estrictamente académica, no afecta al imaginario el saber que, por ejemplo, sean los índices de serotonina u oxitocina, la información genética o los inputs evolutivos adquiridos por la especie los que determinen nuestras necesidades “amorosas” (confróntese los trabajos de la antropóloga Helen Fisher, por ejemplo). Insisto, no sólo vivimos en el cuerpo sino también en la dimensión del espíritu plagado de imágenes y vectores simbólicos, por eso las producciones simbólicas que otorga la poesía, la novela, el cine o la música pueden resultar mejores “fuentes”.

Con respecto a temas amorosos ¿debemos preferir las obras artísticas a las filosóficas? Creo que debemos preferir la vida, es ésta la que antecede a las artes y a toda filosofía. Afirmaba Ibn Hazm en su Collar de la paloma que en el día del juicio Alláh llamará a las almas para leer los registros de las experiencias vividas por ellas durante su estancia en esta vida, Él resolverá el buen destino de cada una de ellas excepto de las que no posean registros. La convocatoria no es pensar en el “amor” sino a padecerlo al grado de alcanzar su desfiguro, una vez alcanzado este grado, que es relativo en cada persona, todo aspecto amoroso se entrega a la actitud reconstructiva.

Podría hacer una reflexión final para nuestros lectores

Me gustaría dejar claro que no hay una “naturaleza del amor” que deba ser respetada, nada hay que no esté condicionado por la relatividad, lo que llamamos “amor” está atravesado por las contingencias del lenguaje y sus símbolos. A partir de esto podemos desprender algunos corolarios, por ejemplo que el amor posee su fabulación histórica, y que dicha fabulación vive en nuestra piel nostálgica por una otredad que suele adornarse, cristalizarse, con mil y un virtudes. Es la mano del imaginario colectivamente aceptado la que nos encamina en la búsqueda del grial amoroso, y no hablo del patético “príncipe azul”, o de supuesto “amor de mi vida”, sino de algo más elemental, de la pretensión de inmutabilidad de los afectos, de imperturbabilidad de la alegría. Me parece que debemos desdibujar nuestros prejuicios respecto al amor, no sólo por llana salud mental, sino para conducir de mejor forma nuestras experiencias amorosas en el campo magnético de los símbolos.

 

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