Sentir

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¿QUIERES CONOCERME? (Julie Sopetrán)

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¿QUIERES CONOCERME?

Si algún símbolo puede decirte cómo soy es el de la sonrisa.

Julie

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Y si alguna vez escribí algo sobre mi, es el siguiente poema:

AUTORETRATO

Única en mi yo soy: ¿O tal vez habrá otra?
ni parezco a tus ojos ni a tu tacto,
ni a tu boca, tus manos ni tu risa
tú en ti eres diferente y yo distinta.

Siento la magia de saber que existo
me fortalece ser y estar con vida,
bendita en la locura de saberme
yo sola en el camino de mi misma.
Nadie es peor que yo por más que quiera
y quiero ser mejor, siempre lo intento
pero no lo consigo… y me atormenta
Única en mi soy la noche de mis días
y luz resplandeciente de mis noches
Dios me hizo sola en mi: ¡La vida es mía!

Julie Sopetrán (Poemas 1972)

MI PRIMER CUENTO

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https://martesdcuento.wordpress.com/2016/02/09/hansel-y-gretel-la-casita-de-chocolate/

Gracias amigos de Martes de Cuento. Por este gran regalo.

en la escuela

Si para recobrar lo recobrado
Tuve que haber perdido lo perdido.                              

Si para conseguir lo conseguido
Tuve que soportar lo soportado.
Si para estar ahora enamorada
Fue menester haber estado herida.
Tengo por bien sufrido, lo sufrido,
Tengo por bien llorado, lo llorado.

Porque después de todo he comprendido
Que no se goza bien de lo gozado,
Sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprobado
Que lo que tiene el árbol de florido,
Vive de lo que tiene sepultado.

Santa Teresa de Jesús

Y de la infancia en el pueblo de Castilla donde nací, pasé a vivir, renací, entre las ruinas del Monasterio de Sopetrán, situado a doce kilómetros de Mohernando, nací en el Mur del Arcipreste de Hita. Crecí entre las ruinas eternas de Sopetrán, a los doce años comencé a escribir mis primeros versos. La soledad del viejo cenobio me inspiró la Palabra de los silencios.

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A la sombra de los arcos toscanos, aprendí a escribir: escribiendo, leyendo. Mi padre construyó nuestra casa entre las ruinas del monasterio, aprovechando los muros de piedra de sillería. Y fue por este lugar por el que mi vocación de poeta se configuró más y más en algo personal y lírico. Luego, a través del tiempo, me di cuenta que Sopetrán, formaba parte de mi nuevo ser y, por esta razón, empecé a firmar mis poemas con este apellido: Sopetrán. Ya era algo que se incrustaba en mis propios huesos, y así años después, recrearía mi nombre: Julie.  Sopetrán por el Monasterio en ruinas donde crecí y empecé a escribir y Julie por Estados Unidos, pues allí también fue formándose mi poesía, en ese conocimiento de mí misma en el que todavía ando envuelta y voy recreando mi poética.

Puedo decir en voz alta que soy una poeta o poetisa, sin “trafico de influencias”.  Nunca me he vendido a los críticos, apenas los tengo, y tampoco los he buscado ni he pedido favores para mi poesía. Los premios que me han dado, me han sorprendido porque, sinceramente, no los esperaba. Dejé de presentarme a concursos cuando fui jurado de uno de ellos, allí  me di cuenta que apenas nadie leía a nadie. Y que incluso se dejaban los premios desiertos cuando había libros por leer que merecían la pena. No me muevo en círculos literarios. Me considero una poeta solitaria. El reconocimiento público me estimula, pero en realidad no puedo dejar de escribir aunque nadie lo sepa. Lo importante es que el lector conecte con mi poesía. Le llegue lo que escribo y tenga un significado en su vida como lo ha tenido en la mía al escribirlo.

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Empecé a escribir a los doce años, conservo mi primer poema. De niña veía cómo mi padre escribía versos en el pueblo donde nací, yo era una niña y cuando moría alguien, las niñas de la escuela leíamos después sus versos en recuerdo al difunto. Así antes de empezar a escribir, recitaba los ripios de mi padre y veía cómo la gente lloraba con ellos. Tal vez ahí comenzó mi vocación de poeta. Yo soy una poetisa nacida en la posguerra. Mi infancia fue muy feliz. A los doce años volví a nacer, fue cuando mi padre compró la Finca de Sopetrán, se produjo en mi el cambio del bullicio por la soledad. Crecí hasta los doce años entre mis amigos y amigas del colegio, fui muy traviesa, unos tíos me mimaban, viajé de niña con mi tía Josefa y mi tío Flores… a Madrid, a Alcalá de Henares, a Las Inviernas, a Chiloeches, a Tardelcuende, a Soria… Luego, cuando mi padre llegó a Sopetrán, me di cuenta que tenía padres, que estaba sola frente a la nada, frente a las ruinas de un Monasterio Benedictino, frente a una casa sin luz eléctrica, me podía el miedo a las fuerzas de la naturaleza, el ruido del viento, las tormentas, la inmensidad de una noche estrellada, el temblor de la luz de una vela. Todo tenía otro significado desde entonces.  

Y así mi adolescencia tuvo un motivo de ser y estar en la poesía, crecí con ella, me abracé a sus contenidos, a su propio pulso del día a día junto al molino de harina, escuchando la fuerza del agua en el rodete que hacía funcionar la piedra, contemplando el remanso del caz, o mirando el correr del arroyo sobrante alborotando espumas. Mi raíz poética está en la naturaleza, en la soledad, en la esperanza de algo maravilloso como es la palabra que surge, que te envuelve como niebla. Es verdad que me interesé por la forma, la técnica la fui adquiriendo, leyendo, estudiando, todavía lo intento, en cada poema nuevo, cuando descubro algo distinto, algo que me emociona y me hace sentir diferente a lo que era en el poema anterior. 

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México 2003

Luego, cuando me fui a Madrid, me integré en algunos grupos de poesía y me di cuenta del poder de la propaganda y la difusión de los medios. Todos queríamos leer nuestros poemas, pero pocos escuchaban a los que leían. Después de escuchar a los demás, pensé que mi poesía no valía nada. Y así regresé otra vez a mi soledad. Pues en realidad todo se hacía y creo que sigue haciéndose, por “amiguismo”, por intereses de favor en círculos muy pequeños, y lo más triste de todo aquello que viví, es que me di cuenta que los poetas se ignoran unos a otros, no sé si voluntariamente o por orgullo y crecimiento de su propio ego. Leen para sí mismos. Esto me defraudó mucho, fue como sentirme herida, sola entre aquellos que hacían lo mismo que yo y apenas te dejaban espacio en el panorama literario. Las envidias, los celos, las segundas y terceras intenciones, la crítica malintencionada, sobresalía de la honestidad y el buen rollo, que siempre pensé debiera existir entre los poetas.

Son muchos los poderes establecidos para estar en la cumbre. Es demasiada la gente que escribe versos, en todas las posiciones sociales, e interviene también la política o si te vendes a ella para tener éxito. También es verdad que vivimos en un país donde mucha gente compra los libros que ponen en la lista de los “más vendidos”, qué, curiosamente casi nunca se ven libros de poesía en estos escaparates. Es la literatura oficial, la que otorga y recibe premios del Estado y la recomendada por editoriales comerciales y me pregunto… ¿A qué categoría pertenecemos los demás? Si no sales en TV, -me decía una niña- no eres importante, nadie te conoce. Eres un aprendiz de aire, un “amateur” un don nadie. No. No ha sido mi propósito escribir para darme a conocer a costa de modas y modos. Me he mantenido al margen y sigo escribiendo en mi soledad. Sobrevivo en lo auténtico, en lo que siento, en lo que soy, en el entramado de mi lírica, no importa le interese o no, al crítico elitista de difuso lenguaje, que podemos leer en los “culturales” de los diarios o en las revistas especializadas. Creo en mi obra, soy fiel a lo que siento y escribo día a día, me mantengo al margen de las corrientes, y sí, quiero ser leída, por eso escribo este blog, por eso no ceso de escribir.  Creo que son los críticos y las editoriales los que determinan lo destacable y según mi criterio, no lo hacen bien. Ellos están en todos los concursos literarios, ellos dan los premios que quieren dar, a sus amigos, ellos ensucian la auténtica poesía. Ellos manejan un dinero de todos. Y lo que nos sirven en bandeja, me da náuseas, son tonos monocordes que ni siquiera se adentran en el oído. Me interesa más la comunicación o lo que comunica y, esto lo encuentro más en las viejas librerías. Y con esto no quiero decir que yo sea mejor que otros, sino que no encuentro salida o hueco a lo que escribo, quiero que otros me lean  para encontrar eco en la emoción de lo que escribo. Ni siquiera lo sé, excepto cuando he dado un recital y he podido escuchar el silencio en la sala para que se oyera mi palabra.

Tengo fe en lo que hago, me identifico con mi tierra, donde nací, donde crecí, donde aprendí, donde vivo cada instante, Mohernando, Sopetrán, Madrid, California, México… tantos lugares recorridos. Y en todos encuentro poesía, en todos está esperándome la palabra, las palabras que envuelven el polvo callado de mis huellas. Viajando, viviendo lejos o regresando a mis raíces encuentro mi propia identidad, que con el paso del tiempo se hace más poética y real.
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Recordando mi primeros comienzos, mi experiencia poética, no puedo dejar de nombrar la vela. Sin ella, no hubiese podido inspirarme; su luz es un símbolo vivo en mi poesía. Cuando vivíamos en el Monasterio, no teníamos luz eléctrica, la obsesión de mi padre era crear esta energía, lo consiguió al cabo de un tiempo con la fuerza del agua del molino y un alternador, pero hasta entonces, la vela y el carburo, eran nuestros medios de alumbrado en las noches. Y a la luz de la vela, empecé y crecí escribiendo mis versos. Era ese el momento de sentirme libre. Independiente. Distinta. La vela se hizo mi compañera más sutil y cada día aumentaba la necesidad de sentarme en mi cuarto y fluir en ese caudal de la palabra en consonancia con la luz. He sido fiel a ese momento y serán los demás los que digan si soy o no soy poeta. Pero no tengo prisa de saberlo, ya que mientras escribo mi obra, soy feliz y trato de perfeccionarme cada día, aunque cada día me doy cuenta lo difícil que es conseguir un buen poema. Moldear la obra de arte, transmitir en ella tanta fuerza de ese tiempo habitado en y con la pequeña luz que tiembla, casi al unisono de mi mano. Porque es difícil reconstruir la belleza que surge del momento, del espíritu, la verdad que inunda el alma, el amor, el fervor, el rigor, conseguir esa armonía hecha de palabras no es nada fácil. Y es el tiempo y los demás, quienes dirán si todo esto es válido. En mi experiencia, me he dado cuenta que lo más importante es el silencio, escuchar el silencio es percibir la voz poética, por ello el poeta necesita de soledad para perderse en el caos de lo que sin ver, siente, escucha. Es la conexión con el misterio que nos rodea después de nacer y crecer o en el momento de pensar o sentir. Es pues la conexión con el más allá o la divinidad.

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No me faltó nunca ilusión, entusiasmo para construir el poema. Optimismo para volver a empezar otro libro. Sueños. Y también el asombro al reafirmar el misterio. El misterio de esa conexión, de esa fuente de palabras que no sabes de donde te vienen, y son como un fluir inacabado. Creo que la poesía es también la desnudez, el saberte en contacto con el único vestido posible, el del Amor, el de la Luz. Y no, no es fácil adentrarte en ese cobijo que también es desierto, y jardín, y bosque, y mar, de las palabras. También existe el dolor, la melancolía, el miedo, el desaliento, la tristeza, en el poeta. Al menos en mi experiencia poética lo he experimentado. En esa búsqueda de la inspiración, está el más grande de los trabajos, porque sin trabajar nunca la encuentras y es cuando contactas con lo divino, cuando realmente te sientes en el camino de la humildad. Porque sin humildad no puedes transmitir poesía.
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Nací en la mitad del año, 16 de junio, en la mitad del día, a las doce. En la mitad de la semana: miércoles. Y en la mitad del mes. Siempre digo que he tenido varios renacimientos. A los doce años volví a nacer en Sopetrán. Doce años después en Madrid. Y siete años más tarde volví a nacer en California. Doce años después renací otra vez en Madrid y unos cuántos más volví a Sopetrán.  A mi padre no le agradaba que yo escribiera. Un día me quemó todos los libros. Me fui de casa cuando nadie se iba. Mi familia era muy conservadora. Fui un poco la loca de la familia. La oveja negra. Pero no tanto. En Madrid terminé mi bachillerato con una beca. Aprobé unas oposiciones. Me independicé de la familia. Trabajaba y estudiaba. Conseguí comprarme el famoso Seat-600. Primero estuve viviendo en Vallecas con mis tías mellizas que eran mis madrinas de Bautismo. Luego alquilé una habitación con el Sr. Andrés y la Sra. Lucía, en la calle Fuencarral, en una casa interior que no tenía servicios ni aseos. Lucía tenía una máquina para hacer jerseys y su esposo era guarda de joyería… Mi habitación no tenía ventanas y la casa era muy humilde. Luego viví en una chabola que me alquiló mi prima Elena, estaba situada en un patio de la calle Almansa los servicios los tenía fuera de la casa, pero allí tuve mi primer teléfono. Yo quería ser periodista. Escribía para un periódico de la provincia. Me pagaban muy poco por artículos y entrevistas. Escribí durante veinticinco años diversas secciones incluida una de poesía. Más tarde mi padre por fin compró un apartamento en la calle Méjico, en la Guindalera, y allí hice mi hogar en Madrid. Cuando mi padre vio que no perdía el tiempo, se apiadó de mi, después que estuvimos años sin apenas hablarnos por haber dejado mi casa en Sopetrán. Pero recuerdo que le pagaba la renta de su apartamento. Y todos los fines de semana iba a visitar a mi madre.

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En Pastrana y Sopetrán

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Soy una persona que le gusta la vida, la amistad, la gente. Vivo el momento, creo que no soy egoísta, aunque tanto mis defectos como mis virtudes, son los demás los que pueden verlo mucho mejor que yo. Pero me conozco un poco, después de tantos años. He cometido muchos errores, pero volvería a cometerlos para llegar a este momento de mi vida, un momento de plenitud, que me hace ver las cosas y las personas de otra manera. Creo que soy comprensiva con los demás. He tenido muchos amigos, la amistad ha sido un referente en mi vida. Un ideal. He aprendido de ellos, mis amigos, tanto de los que me ayudaron como de los que no me comprendieron. Creo que todos aportaron algo a mi vida. En todos quise dejar mi huella de generosidad, del amor y la convivencia que me enseñaron mis padres, pero no siempre lo conseguí y algunos me malinterpretaron. Luego, me di cuenta, que no todos somos iguales y así aprendí a perdonar y a ser yo misma en cada instante. Me encantó esta imagen del gato… me salvó siempre la autoestima en mi soledad, en lo que tiene que ver conmigo misma. Esa soledad me llevó siempre a mi fiel amante: la Poesía.

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Creo que este blog merece un apartado especial para mis amigos. Lo iré creando y recreando poco a poco. Como los sabores de un buen vino. Pero sí quiero traer a cuento uno de mis mejores amigos, Wise. Os contare la historia.
Un día camino a Sopetrán, por la noche, más o menos las díez, una noche oscura, al llegar a la curva de Ciruelas, un pueblecito cercano al mío, los faros del coche enfocaron a un animal majestuoso. Al principio pensé que era un león, pero me dije no, en La Alcarria no hay leones. Paré el coche, me quedé mirádolo y era un mastin montaña del Pirineo, de pura raza, lo llamé y vino hasta la misma puerta del coche. Me bajé, con temor, y le abrí la puerta, el animal entró sin más. Lo llevé a casa, lo dejé en el garaje no sin antes enseñárselo a mi familia que, pusieron el grito en el cielo. A saber de quién era ese perro y las enfermedades que me iba a contagiar. Sus melenas estaban sucias. Pensé que alguién lo había abandonado o tal vez, se hubiera escapado de alguna finca. Al día siguiente, sábado, lo llevé al veterinario, que se quedó asombrado de la pureza de su raza. Me dijo que era un cachorro de un año, pesaba setenta y cinco kilos, y sus ojos, aún los recuerdo, eran humanos. El veterinario lo examinó y cual sería nuestra sorpresa al ver que entre su lana, en el cuello, llevaba una cadena incrustrada. Tuvimos que quitarla con un soplete y sus heridas eran impresionantes. Lo curaron, lo bañaron, lo tuvieron tres días en observación y nos dimos cuenta que el perro había sido abandonado. Algún vecino de Ciruelas me dijo que habían visto un coche con matricula de Madrid, y sus dueños  lo había dejado abandonado. Alguien quiso acercarse a él, pero el animal no se dejó e intentó morder. Así me di cuenta que había sido un perro maltratado. Lo cuidé, mi padre se encariñó después con él y le tuvimos sin collar mucho tiempo. Luego poco a poco se adaptó y fue durante los tres años que vivió, uno de mis mejores amigos.

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Llegó a pesar ochenta kilos y cuando lo llevaba al veterinario, los niños venían corriendo a verlo pensando que, efectivamente, ¿era un león?

LAS PUESTAS DE SOL

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Siempre me han fascinado las puestas de sol. Desde que llegué a Sopetrán, por las tardes me paseaba por el cerro y me paraba a contemplar ese momnto único del día, cuando el sol se esconde en el horizonte. Mi padre plantó almendros alrededor de la finca. Y mi afición a la fotografía viene de entonces. Me gustaba contrastar ese color naranja fuerte con el verdor de las hojas de almendro. Vislumbrar el paisaje, jugar con los momentos cambiantes… Esta foto la hice una tarde desde lo alto, al fondo se ven los olivares que rodean Sopetrán. Y entre los chopos puede distinguirse el Monasterio. Creo que el paisaje siempre tiene algo que ver con nuestra personalidad, en mí, sin duda, con la poesía.

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Después de observar el paisaje durante años, me daba cuenta que ninguna puesta de sol podía ser igual a la anterior. Era ese momento de la tarde en que me venía el miedo a la muerte. Lo superé pensando en la luz que me guardaba en el bolsillo para soportar la noche. Escribí aquel libro inspirado en el atardecer y sus colores: Silvas de mi selva en ocaso. Puedo decir que me inspiré en la puesta de sol. Pero nadie mejor que mi cámara puede expresarlo.

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En esta foto las almendras tienen el significado de muchos atardeceres, el sabor del sol entre su cáscara todavía verde, que indica el tiempo habitado.
Son a veces, los colores de lluvia los que forman con el sol como una transparencia…

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que deja ver lo que queda entre el árbol y el horizonte. En este caso la Hospedería de Sopetrán junto a la antigua carretera de Soria. Pero lo que siempre me deslumbra, es ese cúmulo de luz, deshaciéndose en milagro.

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Pero tal vez lo más bello del atardecer, es ese momento en que la luz se esconde y no queda ni luz ni oscuridad, es el momento de los perfiles, cuando todas las cosas resaltan su forma, su aura, su personalidad más exultante, ese momento me fascina y también con la cámara se puede expresar, tal vez mejor que en el verso. En la foto que hice a través de una pequeña planta en el cerro, se observa ese aura misteriosa que nos conecta con el Universo de la noche.

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EL CERRO

Cuando nos cambiamos a vivir del Monasterio al cerro, fue como si el mundo hubiera crecido y la luz estuviera más limpia en la pequeña altura. En esta foto se pueden ver los almendros, casi en flor, que plantó mi padre. En el centro un palomar, en un pequeño montículo. Antes, había palomas, y comíamos pichones. Ahora no queda ni rastro de aves, algunos gorriones y contadas urracas. Han desparecido los grajos, las abubillas, las tórtolas… tantas aves que habitaban Sopetrán, incluídas las rapaces, como los búhos.

Juan Carreño de Miranda.

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Juan Carreño de Miranda es un pintor asturiano del barroco español. Nacido en Avilés, (25 de marzo de 1614-Madrid, 3 de octubre de 1685), en el seno de una familia noble. En 1625 se trasladó con su padre, ya viudo, a Madrid y comenzó su formación en el taller de Pedro de las Cuevas, un pintor madrileño.

Su estilo se encuadra dentro del barroco. Se observa la influencia de Velázquez en los estudios lumínicos y de Rubens. A lo largo de su trayectoria artística abarcó casi todos los campos, prestando especial interés a lo religioso y al retrato.

Durante los primeros años de su carrera recibió importantes encargos para iglesias y particulares y a partir de 1669, cuando es nombrado pintor del rey, se dedicó al retrato. Fue uno de los mayores retratistas de la Corte española, coincidiendo con Velázquez, de quien era buen amigo.

Practica un tipo de retrato solemne, austero, de colores apagados y fondo neutro, sin detalles ni recreaciones en adornos o joyas. Supo captar con elegancia y psicología a los personajes de la Corte madrileña. Dentro de los retratos que realizó en el ámbito cortesano sobresalen El Duque de Pastrana y el de Pedro Potemkin.

En sus pinturas murales recalcó el gusto por los efectos escenográficos. Destacan los frescos religiosos de la Catedral de Toledo y la decoración mural del Salón de los Espejos del Alcázar, supervisada por Velázquez.

Obra de Juan Carreño de Miranda

Bufón Francisco Bazán

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El personaje está de pie, vestido de negro y se sitúa sobre un fondo neutro, sin ninguna referencia espacial, de manera que se integra con el fondo, creando un mayor efecto teatral. Aparece con actitud digna, como corresponde a un funcionario de la corte.

Carlos II

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Carlos II es representado como un niño enfermizo, retraído, frágil. Va vestido de terciopelo negro con calzas blancas, a la moda del siglo XVII, su tez es blanquísima y sus cabellos rubios. Está solo en una sala llena de lujo, envuelto por un grueso cortinaje de color rojo. Carreño sigue aquí los modelos venecianos en el empleo del color y del movimiento.

Doña Mariana de Austria viuda

Es uno de los primeros retratos que lleva a cabo cuando es nombrado pintor del Rey. La protagonista es doña Mariana de Austria, que es la segunda esposa de Felipe IV y la madre de Carlos II. Desde 1665 es viuda, por eso aparece vestida con toca, siguiendo la costumbre española. Está sentada ante una mesa con gesto de preocupación. En la composición predominan los blancos y negros.

Doña Mariana de Austria viuda, de Juan Carreño

Duque de Pastrana

Es un retrato majestuoso, que trasmite cierto aire de melancólico misterio.

Eugenia Martínez Vallejo

Eugenia Martínez Vallejo era una de las personas con defectos físicos o psíquicos que formaban una pequeña corte alrededor de los infantes de España. Se la conocía como La Monstrua.

Eugenia Martínez Vallejo, de Carreño

Festín de Herodes

El lienzo se inspira en la vida de san Juan Bautista. Carreño eligie el momento de la presentación de la cabeza del Bautista por parte de Salomé a su madre, Herodías, y al rey Herodes. Dispone las figuras en torno a una mesa para dar sensación de profundidad sobre un fondo de arquitecturas renacentistas.

Fundación de la Orden de los Trinitarios

Fue realizada en el año 1666 para la iglesia del convento de los Trinitarios de Pamplona. La obra recoge el momento en el que a San Juan, durante la misa, se le aparece un ángel cuyas manos se apoyan en las cabezas de dos prisioneros, uno musulmán y otro cristiano. Entonces comprendió que tenía que fundar una orden dedicada a la redención de los prisioneros cristianos. San Juan está acompañado por varios sacerdotes vestidos con casullas bordadas de oro y plata. Son rostros muy expresivos.

Consigue la sensación de perspectiva y emplea una luz intensa mientras que la zona de la izquierda está en penumbra para crear efectos lumínicos sensacionales.

San Sebastián

San Sebastián. de Juan CarreñoCarreño lo sitúa en primer plano, con pose retorcida, sobre un fondo indefinido de paisaje de tonos azulados contribuyen a resaltar su cuerpo, sensual y proporcionado.

Santa Ana enseñando a leer a la Virgen

La composición se organiza de forma piramidal y utiliza una perspectiva alta. Las figuras son amplias y escultóricas, y están iluminadas por la luz que penetra por la izquierda, deteniéndose en los rostros y en las manos. Juega con el colorido, logrando magníficos contrastes entre los ocres, blancos y azules con el rojo de la alfombra de primer plano.