El Humor de Borges

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Un excelente libro, donde nos encontramos a un Borges con gran sentido del humor.

Prologo

Borges fue durante muchos años un tímido irreductible, un temeroso de los demás, pero no por lo que comúnmente se tiene miedo a los otros, por aquello que pueda afectarnos, sino porque al vivir en un mundo propio de constante gudeza se le hacían temibles los posibles diálogos elementales que lo abordaban. Más tarde la fama le trajo una seguridad social de sí mismo que lo hizo ganar en desparpajo y osadía, pudiendo criticar públicamente a Guy de Maupassant en París («un escritor que nació tonto y murió loco») como al tango en Buenos Aires («música prostibularia»). Divertido y travieso, Borges se burlaba de los mitos nacionales, del personaje Martín Fierro, de Carlos Gardel, de gran parte de la literatura española; salvando a Quevedo o Cervantes, le negaba méritos literarios al venerado mártir García Lorca, calificándolo de «andaluz profesional».

Ese original modo hizo de Borges un personaje desopilante sin ningún freno, a no ser el de la inteligencia.

Scripta manent, verba volant, «lo escrito queda, las palabras vuelan», fue una sentencia que dio a los latinos una temeraria seguridad, y que luego Edison y Berliner demolieron al dejar grabadas para siempre las palabras que volaban, sumándole a la calidad del escrito, el tono que tan otro sentido da a cualquier discurso.

Borges fue generando así una obra verbal paralela a su obra escrita que compite con ésta y la enriquece. A fuerza de tanto reportaje y de tanta inquisición terminó siendo un conversador fascinante. Por más que se lo saque de contexto, Borges siempre es genial, siempre es prodigioso. Un escucha sagaz puede notar que, a la vez que contesta toda respuesta muy solemnemente, por lo común también toma el pelo muy solemnemente a su interlocutor.

Pocas cosas para Borges merecían seriedad —acaso algún recuerdo—, pero siempre procuraba encontrarles el lado gracioso. Se divertía mucho consigo mismo. La difícil coincidencia de ceguera e inteligencia lo aislaban de maravillas. Si uno repasa su descomunal iconografía, notará que en muchas fotos, con su risa de niño, se está riendo para sí, se está riendo de sus reflexiones, se está riendo de lo que piensa del mundo, y de lo que piensa el mundo.

Borges jamás se tomó en serio, para él la vida era un continuo juego; manejó inclusive lo dramático de su existencia con un escepticismo que lo hacía mucho más
llevadero. Jamás intentó ser gracioso, pero los diálogos con él eran por lo común una fiesta llena de ocurrencias.

Tuve el privilegio de estar cerca de Borges durante sus últimos diez años, casi diariamente. Su sabiduría estuvo a mi disposición. ¡Qué mejor regalo que escuchar a Borges no sólo en charlas literarias sino también comentando las grandes y pequeñas cosas de la vida! Estar a su lado fue como compartir los días de Virgilio, Dante o Shakespeare. Me ofreció su singular amistad, me brindó sus confidencias. Mi memoria está enriquecida de la amistad con Borges.

Resulté finalmente su amanuense y esto, creo, me justifica la existencia. En los viajes que hiciéramos, en sus dictados, en la afable condescendencia de las traducciones que me permitió compartir, o simplemente en las caminatas por el Buenos Aires que tanto amaba, Borges me colmó la vida.

Muy seguido, cuando yo llegaba por las mañanas, me encontraba con un Borges risueño, jugueteando con alguna ocurrencia o con algún episodio que había recuperado de su prodigiosa memoria. Me lo comentaba y reíamos, sumándole algún detalle, dándole otra vuelta de tuerca. Trabajar con Borges era una gran felicidad. Tenía la cortesía de hacer participar al otro de su creación. Nunca lo oí decir: «le voy a dictar tal o cual cosa», sino: «que le parece si escribimos», otorgándome un papel del que quizá no era merecedor.

Sin pretender serlo —estaba muy lejos de su intención—, Borges era un constante maestro que infundía a sus oyentes el caudal prodigioso de sus conocimientos; en la anécdota más nimia podían figurar Plinio, Hobbes, Lugones o Confucio, a través de una correlación que tan sólo él podía imaginar. Compartir una jornada con Borges equivalía a infinitas jornadas.

«He cometido el peor de los pecados/ Que un hombre puede cometer. No he sido feliz…» fue la línea de poesía que más consenso le trajo entre los melancólicos. Pero no es tan así, Borges solía repetir como consigna en sus últimos años: «Tenemos la obligación de ser felices», y también se reiteraba en esta idea: «Todos tenemos un pasado espantoso». En el paréntesis que forman estas dos frases crece, se agiganta y se ilumina cada vez más el inagotable humor de Borges.

Roberto Alifan

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DEFINICIÓN Y CLASIFICACIÓN Se define como hernia hiatal el prolapso del estómago proximal hacia el tórax a través del hiato esofágico del diafragma. La hernia hiatal es una condición esencialmente adquirida que no sólo es la más frecuente de las hernias diafragmáticas, sino una de las anormalidades más frecuentes que afectan el TGI superior

La hernia hiatal es una condición adquirida que constituye uno de los diagnósticos endoscópicos más frecuentemente realizados, aunque el sobrediagnóstico no es infrecuente. Se presenta generalmente en forma asintomática o con síntomas inespecíficos y cuando hace manifestaciones clínicas, éstas son principalmente debidas a reflujo gastroesofágico (RGE). Se pueden presentar complicaciones ya sea secundarias al reflujo ácido o al encarcelamiento del estómago en el tórax, que puede llegar a comprometer la vida del paciente. El manejo médico constituye la primera opción de tratamiento, básicamente encaminado al manejo de las manifestaciones de RGE, reservándose el tratamiento quirúrgico para aquellos casos que no responden al manejo médico, presencia de complicaciones, grandes hernias hiatales y hernias paraesofágicas.

Clásicamente la hernia hiatal se ha clasificado en tres tipos:

• Tipo I o hernia hiatal por deslizamiento (axial) donde se presenta desplazamiento superior de la unión esófago-gástrica hacia el mediastino posterior. Se denomina hernia “por deslizamiento” ya que tiene un saco de peritoneo parietal parcial, cuya pared posterior está formada por el estómago (figura 1).

• Tipo II o hernia paraesofágica caracterizado por desplazamiento superior del fondo gástrico, anterior y lateral al esófago, con la unión esófago-gástrica localizada en su posición intraabdominal normal (figura 2).

• Tipo III o mixta donde hay desplazamiento superior tanto de la unión esófago – gástrica como del fondo gástrico.

El 85-90% de las hernias hiatales son de tipo I, en tanto que las hernias paraesofágicas puras son encontradas muy infrecuentemente