Los Mártires de Uruapan.

IMG_0006 (2)

Plaza “Mártires de Uruapan”

El 21 de octubre de 1865 fueron fusilados en Uruapan, Michoacán, los generales José María Arteaga y Carlos Salazar, los coroneles José Trinidad Villagómez y Jesús Díaz Paracho y el capitán Juan González, héroes nacionales a los que se les pasa lista de presente en el ejército nacional y a los que recordamos como los “mártires de Uruapan”.

El general Arteaga, al momento de su muerte, era general en jefe del Ejército Republicano del Centro: él conducía, en último término, la campaña guerrillera que en los estados de Michoacán, Jalisco, México y Guanajuato mantenía siempre ocupado al ejército invasor francés y a sus aliados mexicanos, haciendo saber al imperio de Maximiliano, fundado por la fuerza, el espíritu nacionalista y republicano del pueblo de México.

Eran muchos y muy renombrados los capitanes guerrilleros que actuaban en distintas regiones a las órdenes de Arteaga: el general Vicente Riva Palacio y el coronel Nicolás Romero, prototipo del chinaco, mantenían viva la llama de la libertad en Zitácuaro y el oriente del Estado de México. El general Manuel García Pueblita no se cansaba de hostigar al invasor en las sierras de Guanajuato. El bravo general Salazar y el valiente hidalgo vizcaíno Nicolás de Régules Cano cruzaban Michoacán de lado a lado sin dar tregua al invasor y muchos patriotas más, que luchaban sin descanso, reconocían al general Arteaga como su jefe militar y al distante gobierno de Benito Juárez como la única autoridad legítima del país y símbolo de la defensa de nuestra soberanía.

Una y otra vez las guerrillas mexicanas eran vencidas, y una y otra vez sus jefes volvían a levantarse y a hacer caer al enemigo en emboscadas sin fin, demostrándoles que sólo eran dueños del terreno que pisaban.

Los éxitos crecientes de la lucha guerrillera a lo largo de 1864 y 1865 convencieron a Arteaga de pasar a la guerra regular, por lo que reunió en Tacámbaro, Michoacán, a los mayores contingentes del Ejército del Centro. Sin embargo, enfrentados en formal combate con una fuerte división francesa, el ejército se hizo humo y los supervivientes huyeron por rumbos distintos.

Riva Palacio y Régules lograron reunir a sus contingentes y a otras guerrillas, pero Arteaga y Salazar fueron aprehendidos por los imperialistas y, conducidos a Uruapan, fusilados por órdenes directas del emperador Maximiliano.

Pero si los franceses creían que la derrota del ejército y la muerte de su jefe acabarían con la resistencia guerrillera, estaban muy equivocados: al día siguiente de la ejecución de los mártires, Riva Palacio atacó Morelia tratando de evitar el fusilamiento de los patriotas.

Ese era el sino del Ejército del Centro: dieciséis veces fue destruido por los franceses y diecisiete renació de sus cenizas.

Los bravos chinacos que lo formaban estuvieron en Querétaro año y medio después, a las órdenes de Nicolás de Régules Cano, contribuyendo al fin del efímero imperio de Maximiliano y a la restauración de la República.