Shunga. Arte erótico japonés

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El arte erótico japonés llamado shunga es tan explícito que el Museo Británico, donde en su momento las imágenes se exhibieron, impuso un límite de edad de 16 a los espectadores.

Shunga significa “imágenes de primavera”, (“primavera” es un eufemismo japonés para el sexo) y estas impresiones en madera, creadas utilizando las mismas técnicas que en Hokusai’s Great Wave y otras obras de arte de madera, representan todas las combinaciones posibles de acoplamientos carnales, con una sexualidad increíblemente grande órganos en posiciones de aspecto imposible. Ocasionalmente, los espectadores están involucrados, y hay un encuentro con un pulpo. A veces humorísticas y sin dejar nada a la imaginación, son un Kama Sutra japonés.

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Shunga no existía aisladamente, ni las imágenes se consideraban pornográficas o impactantes en ese momento. Eran parte de una sociedad que tenía una actitud de vida más alegremente positiva para afirmar el sexo de lo que los occidentales podríamos imaginar. De hecho, muchos clásicos de la literatura japonesa no son sobre batallas sino sobre el amor. Los Cuentos de Ise del siglo IX, escritos aproximadamente en la época en que los anglosajones producían Beowulf, fueron obra del célebre poeta Ariwara no Narihira. Después de haber seducido a la Virgen Vestal en el Gran Santuario de Ise, la autora fue exiliada y viajó por todo el país, durmiendo con mujeres, niños, consortes imperiales, incluso un hombre de 99 años, e intercambiando conmovedores poemas de amor con todos ellos.

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La gran obra maestra de la literatura japonesa, el Cuento de Genji del siglo XI, surgió de una sociedad de promiscuidad descarada, en la que los nobles pasaban el tiempo mezclando perfumes, escribiendo letras eróticas y seduciendo a mujeres de gran ascendencia. Escrito por una dama de la corte, relata los asuntos del hermoso Príncipe Genji y es considerado la primera novela del mundo.

Luego, en el siglo XVII, cuando el shunga se hizo propio, Ihara Saikaku escribió una serie de divertidos cuentos con títulos como Five Women Who Loved Love y The Great Mirror of Male Love, el último sobre el amor apasionado entre samuráis mayores y menores. Este fue el período del mundo flotante de los barrios de placer poblado por cortesanas, el tema principal de shunga y grabados en madera. El más grande fue el Yoshiwara en Edo, ahora Tokio. Allí, un hombre podía disfrutar de una noche de buena comida, música, baile e ingeniosa conversación, y posiblemente sexo, aunque podría tener que gastar una fortuna y esperar meses antes de que la cortesana estuviera de acuerdo. Las chicas fueron muy educadas y pasaron su tiempo pintando, escribiendo poemas y practicando la ceremonia del incienso. Así como un hombre buscaría un médico calificado, igual era buscar una profesional para sexo recreativo (a diferencia del sexo procreacional con su esposa). Es cierto que estas mujeres comenzaron como esclavas, pero las que estaban en la cima eran celebridades ricas que elegían y escogían a sus amantes y eran tan glamorosas como las cortesanas venecianas y parisienses.

Los artistas de Woodblock produjeron impresiones tanto estándar como eróticas, a menudo del mismo tema. Cuando el artista de Nagasaki Kawahara Keiga recibió el encargo de hacer un retrato del Capitán Blomhoff, de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, sentado primorosamente con su esposa en su sofá con patas de león, también produjo (sin que el capitán lo supiera) variaciones de shunga, mostrando al capitán con una geisha en el mismo sofá con patas de león.

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Los japoneses, desde amas de casa hasta sacerdotes y mercaderes, compraban shunga como amuletos, amuletos contra la muerte o protección contra el fuego, o como consuelo en la soledad. Algunos se usaron como libros de almohadas, manuales de instrucciones para niñas que salían en su noche de bodas. Pero luego llegaron los occidentales para arruinar la diversión. Después de que el primer barco británico llegó a Japón en 1613, el comerciante bebedor John Saris trajo grabados shunga a Inglaterra, donde fueron inmediatamente confiscados por las indignadas autoridades. Japón pronto cerró sus puertas para comerciar con Occidente (a excepción de unos pocos comerciantes holandeses como Blomhoff), lo que permitió que su cultura sexualmente liberada floreciera sin obstáculos.

Cuando los viajeros occidentales regresaron a mediados del siglo XIX, encontraron una sociedad donde el sexo se vendía sin vergüenza, hombres y mujeres se bañaban desnudos, y la homosexualidad se consideraba normal. Mientras expresaban horror, los victorianos estaban ansiosos por experimentar los cuartos de placer por sí mismos, pero en secreto.

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Al mismo tiempo, los japoneses se dieron cuenta de que para comerciar con las grandes potencias -Gran Bretaña, Francia, Rusia, Estados Unidos – en igualdad de condiciones sin ser penalizados – tendrían que persuadir a los occidentales de que ellos eran como ellos. Así que la prostitución pasó a la clandestinidad y el mundo de las geishas y su homólogo masculino, el teatro kabuki, fueron limpiados. Shunga fue reprimido.

Acerca de las geishas hay que decir que su trabajo no tenía nada que ver con el sexo. Las geishas eran ferozmente exclusivas. Ni siquiera el primer ministro puede asistir a una fiesta de geisha sin una presentación adecuada. Literalmente “gente de las artes”, las geishas cantan, bailan, coquetean y hacen una conversación ingeniosa, vendiendo no el sexo sino la ilusión del romance.

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Mientras que las geishas han encontrado un nuevo rol en el Japón moderno, muchas de las viejas tradiciones continúan. En este país, el más moderno y de alta tecnología, hay festivales de fertilidad anuales donde los sacerdotes sintoístas desfilan por las calles llevando carrozas con falos del tamaño de troncos de árboles. En el campo te encuentras con santuarios con falos de piedra, adorados para la cosecha y la fertilidad, y en los complejos de aguas termales hay museos de erótica que exhiben teteras con picos de pene y otras curiosidades fálicas entretenidas, sin mencionar hoteles de amor en carreteras secundarias y en salidas de autopista Porque, a pesar de la desaprobación oficial, muchos japoneses todavía piensan que el sexo es divertido y natural. Quizás la exhibición de shunga nos acerque a ver las cosas a su manera

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Rubén Lena: “A DON JOSÉ”

Rubén Lena: “A DON JOSÉ”

BLOG DE THEMIS...

“Oh, juventud, despierta,
no escuches las sirenas,
las sombras malas
que a dormir te invitan.
La mesa está vacía,
y es tuya la conquista.”
“Y AHORA, ¿QUÉ?

Hasta ahora dentro de las entradas sobre la Gala Musical: ” TRIBUTO: A DON JOSÉ”, hablé mucho de Artigas y de cómo se iba desarrollando el espectáculo, pero es necesario un espacio para dejar en alto la figura de este otro oriental que encumbró al canto uruguayo con sus composiciones.

Rubén Lena el autor de los versos con los que inicié esta entrega y del himno popular y cultural uruguayo: “A Don José”, nació Tierra Adentro en el Departamento de Treinta y Tres, en Uruguay. Era maestro rural, muy comprometido con la enseñanza, con abrir nuevos caminos y acercar a los niños al conocimiento de su tierra.

A pesar de que no supiera música formalmente fue un renovador del canto popular y esta…

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La musa de Sabines

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EL POETA Y LA MUSA

La Musa es inasible. No la posee nadie y es Ella quien se apropia de vez en cuando del alma del poeta. A veces encarna en mujer de carne y hueso y, cuando eso sucede, el poema nace con alma y es capaz de tocar almas.
El poeta verdadero suele comportase así: escribe, enamorado, lo que la Musa le dicta y lo hace siempre con los ojos puestos en Ella y no en el crítico, la academia o el público.

Josefa Rodríguez —la querida doña Chepita—, fue la Musa en la vida de Jaime Sabines,

En 1947, Chepita y Jaime se reencontraron en la ciudad de México. Se conocían desde niños -sus padres eran viejos amigos-, y habían sido novios unos meses en la preparatoria de Tuxtla Gutiérrez. Jaime le escribió el primer poema en esa época J”osefa como tu nombre, como yo…”. Nunca quiso publicarlo porque decía que era muy malo; pero después de ese reencuentro a fines de los cuarenta, Jaime le escribió, además de una centena de cartas, decenas de poemas de amor bellísimos, que han sido leídos y repetidos a lo largo de los años por sus lectores, sin saber quizás a quién estaban dedicados.
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El día 

Amaneció sin ella.
Apenas si se mueve.
Recuerda.
(Mis ojos, más delgados,
la sueñan.)
¡Qué fácil es la ausencia!
En las hojas del tiempo
esa gota del día
resbala, tiembla.

Horal 

El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada…

TE QUIERO A LAS DIEZ DE LA MAÑANA,

y a las once, y a las doce del día.
Te quiero con toda mi alma y con todo mi
cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero
a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me
pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas
en la comida o en el trabajo diario, o en las
diversiones que no tienes, me pongo a
odiarte sordamente, con la mitad del odio que
guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte, cuando nos
acostamos y siento que estás hecha para mi,
que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu
vientre, que mis manos me convencen de
ello, y que no hay otro lugar en donde yo me
venga, a donde yo vaya, mejor que tu
cuerpo. Tú vienes toda entera a mi
encuentro, y los dos desaparecemos un
instante, nos metemos en la boca de Dios,
hasta que yo te digo que tengo hambre o
sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay
horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me
preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable
que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte
menos que yo, amor mío?

ME TIENES EN TUS MANOS 

y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¡Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo!
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

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NO ES QUE MUERA DE AMOR, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto , interminable.
Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte ,amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

HE AQUÍ QUE TÚ ESTAS SOLA y que estoy solo.
Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.
Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,
hueles a sal, sabes a sal, amor, y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

ME DOY CUENTA DE QUE ME FALTAS

y de que te busco entre las gentes, en el ruido,
pero todo es inútil.
Cuando me quedo solo
me quedo más solo
solo por todas partes y por ti y por mí.
No hago sino esperar.
Esperar todo el día hasta que no llegas.
Hasta que me duermo
y no estás y no has llegado
y me quedo dormido
y terriblemente cansado
preguntando.
Amor, todos los días.
Aquí a mi lado, junto a mí, haces falta.
Puedes empezar a leer esto
y cuando llegues aquí empezar de nuevo.
Cierra estas palabras como un círculo,
como un aro, échalo a rodar, enciéndelo.
Estas cosas giran en torno a mí igual que moscas,
en mi garganta como moscas en un frasco.
Yo estoy arruinado.
Estoy arruinado de mis huesos,
todo es pesadumbre.

Canciones del pozo sin agua 

Esta noche vamos a gozar.
La música que quieres,
el trago que te gusta
y la mujer que has de tomar.
Esta noche vamos a bailar.
El bendito deseo se estremece
igual que un gato en un morral,
y está en tu sangre esperando la hora
como el cazador en el matorral.
Esta noche nos vamos a emborrachar.
El dulce alcohol enciende tu cuerpo
como una llamita de inmortalidad,
y el higo y la uva y la miel de abeja
se me mezclan a un tiempo con su metal.
Esta noche nos vamos a enamorar.
Dios la puso en el mundo
a la mujer mortal
—a la víbora-víbora de la tierra y del mar—
y es lo mejor que ha hecho el viejo paternal.
¡Esta noche vamos a gozar!

NO ES NADA DE TU CUERPO

ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca —tu boca
que es igual que tu sexo—,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo en que bebo.
Ni son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada —¿qué es una mirada?—
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un grano, ni un momento.
Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.

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Poemas tomados de: 
Jaime Sabines,
Otro recuento de poemas 1950-1991 Planeta Mexicana / Joaquín Mortiz

Datos históricos

JAIME SABINES
(1926 -1999)
Poeta mexicano.
Destaca en su poesía una intensa desolación, así como el constante tratamiento del amor y la muerte.
Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, realizó su formación académica superior en la ciudad de México. Estudió por tres años medicina y finalmente se licenció en lengua y literatura españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue becario especial del Centro Mexicano de Escritores (1964-65).
Además de su actividad literaria, incursionó en el terreno político: fue diputado federal por Chiapas (1976-1979) y por el Distrito Federal (1988) en el Congreso.

Premios: 

  • Chiapas, 1959
  • Xavier Villaurrutia, 1972
  • Elías Sourasky, 1982
  • Nacional de Ciencias y Artes (en la rama de Lingüística y Literatura), 1983
  • Juchimán de Plata, 1986
  • Presea de la ciudad de México, 1991
  • Medalla Belisario Domínguez, 1994
  • Mazatlán de Literatura, 1996
  • Medalla de honor de la Sociedad Gral. de Autores y Editores de España, 1997
  • Premio Literatura México, de la Feria del Libro de la cd. de México, 1998

Obra original (sin antologías ni traducciones): 

Horal, 1950
La señal, 1951
Adán y Eva, 1952
Tarumba, 1956
Diario semanario y poemas en prosa, 1961
Recuento de poemas, 1962 (obra reunida además de obra inédita)
Yuria, 1967
Maltiempo, 1972
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, 1973
Nuevo recuento de poemas, 1977 (obra reunida además de obra inédita)
Poemas sueltos, 1981
Otro recuento de poemas 1950-1991 (obra reunida, hay otra edición en 1993 con poemas inéditos)

A ver cuándo nos vemos 

1

Marco A. Almazán
http://www.venamimundo.com/DeAquiyAlla/Almazan/Avercuandonosvemos.html

Pocas frases habrá que pinten tan de cuerpo entero el carácter nacional y que reflejen mejor nuestro alambicado modo de ser, como ésta de “a ver cuándo nos vemos…”

Las personas que se dicen mutuamente “a ver cuándo nos vemos”, desde luego no tienen la menor intención ni el más mínimo deseo de hacerlo. De otra manera se fijaría en ese punto y momento la fecha y hora de la próxima entrevista. Pero como nuestra obsequiosa urbanidad (heredada de los indios) y nuestro estilo churrigueresco (heredado de los españoles del siglo XVI) nos impiden decir a las claras que no nos interesa volver a ver al ciudadano de quien nos estamos despidiendo, recurrimos entonces a la frasecita de cajón y así salimos airosamente del trance:

-A ver cuándo nos vemos. . .

Entre mexicanos, el empleo de esta fórmula de cortesía no tiene mayor trascendencia, ya que ambas partes entendemos su sentido oculto, o sea precisamente el de que no tenemos ningún propósito de volver a encontramos ex profeso. Nuestros buenos modales nos impiden decir: “Mire usted, don Teobaldo, ojalá no lo vuelva a ver hasta el próximo sexenio. Y me refiero al de 1988-1994.”En cambio, con el “a ver cuándo nos vemos” damos a entender nuestros designios y a la vez quedamos como señores bien educados.

La frase, sin embargo, suele ser motivo de grandes confusiones y hasta de enfriamiento de relaciones internacionales cuando uno de los interlocutores es extranjero y, como tal, no está acostumbrado a la cabalística de nuestro lenguaje.

-A ver cuándo nos vemos… -dice el mexicano.

 -¿Cuándo quiere usted que nos veamos? -pregunta el extranjero, considerando que sería conveniente puntualizar situaciones para no quedar tan en el aire.

La pregunta, por otra parte, desconcierta al mexicano, que no la esperaba. Y si hay algo que nos desconcierte a los mexicanos es el tener que determinar lo indeterminado. “Un momentito”, “al ratito”, “ahorita”, “mañana”, “quien quita” … son palabras con las que posponemos cualquier cosa por tiempo indefinido. De ahí que el “cantinflismo” sea una de nuestras más cómodas válvulas de escape.

-Pues cuando usted quiera -sugiere vaga, pero siempre cortésmente el mexicano.

-¿Qué le parece el próximo miércoles 4, a la una y quince de la tarde? -propone el extranjero, después de consultar su libreta de compromisos sociales.

-¿El miércoles 4? -pregunta el mexicano, mientras piensa rápidamente en alguna excusa plausible-. Pues quién sabe. Fíjese que a esa hora creo que tengo cita con el dentista… Claro que lo de menos sería cancelar la cita, pero siempre se me hace medio feo.

-Feo completo -exclama el extranjero, que a lo mejor también es dentista y le revienta aquello de que sus clientes sencillamente no aparezcan-. Las citas son sagradas. ¿Qué le parece entonces el lunes de la semana entrante, a las cinco en punto de la tarde?

Al mexicano se le enchina el cuerpo nada más de oír las palabras “en punto”. Es algo que está fuera de nuestras posibilidades psíquicas y fisiológicas.

-¿El lunes de la semana entrante? –vuelve a preguntar, para hacer tiempo mientras inventa otra excusa-. Pues fíjese que va a ser medio difícil, porque precisamente ese día salgo para Guadalajara.

En realidad el paisano no tiene intenciones de ir ni siquiera a Tacubaya.

– ¿Qué dice usted del lunes de la semana siguiente? -insiste el extranjero, siempre consultando su libreta.

-Pues tampoco, porque a la mejor todavía no regreso. Mejor yo le aviso, ¿quiere? Un día de éstos a ver si lo llamo por teléfono para ver cuándo nos vemos…

Los dos se despiden, confusos, mortificados y con un principio de mutua hostilidad. “Si no tiene intenciones de verme” piensa el extranjero, “¿para qué cuernos me dice que a ver cuándo nos vemos?”

“¡Qué tipo más pesado!” se dice a su vez el mexicano para sus adentros. “¿No está viendo que estoy muy ocupado?”

Fuente: “Marco A. Almazán”, escritor y diplomático mexicano 1922 – 1991. Humorista de sátira fina y aguda.
Columnista del periódico “Excélsior”, de la Ciudad de México y de “El Porvenir” de la ciudad de Monterrey, N.L.
Tomado de “Cien años de humedad”.