What am I doing?

What am I doing?

wandersoul

Few years back Everything about my future was ambiguously assumed, like I would get into college, get a decent job, earn money, but I realized that my life was on autopilot!

I wanted​ more, I wanted​ more out of life.I wanted​ a passion, a dream that won’t let me sleep, I wanted that dream to make me jump out of bed in the morning and have that zest for life that I used to have in early childhood. And thus I quit whatever i was doing and started pursuing my dream But now I’m lost, depressed and have a strong sense of failure, I suppose I’m stuck in the muck of insecurity and self-doubt, It’s like I’m going nowhere! 🙁

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La victoria de la ciencia sobre los atajos del cerebro

El País, Materia
https://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=93093&uid=520577&fuente=inews

Prólogo de las memorias de Edzard Ernst, “Un científico en el País de las Maravillas”, recién publicadas en español por Next Door

Vivimos tiempos extraños, tiempos en los que la verdad se ha puesto de moda, pero para llevarle la contraria, para ponerle apellidos y prefijos. Los prejuicios personales han logrado imponerse demasiadas veces a los hechos. Los datos siempre pueden ser discutidos, pero usando elementos contrastables y, sobre todo, aportando pruebas. Todo eso parece haberse roto. Si tú dices que eso es una mesa, yo digo que son treinta millones de unicornios… y los dos tenemos derecho a que sea atendida nuestra versión y además en igualdad de condiciones.

Los medios y las redes abruman de tal forma a los ciudadanos que cada uno puede bañarse en el tsunami de infoxicación que más le interese y disfrutar de su burbuja sin molestas disonancias. No hablo solo de política. En la salud están funcionando los mismos mecanismos, tan absurdos como terribles, que han perturbado algunos procesos democráticos.

El cuestionamiento de toda autoridad (médica), la deslegitimación de los expertos (en favor de los charlatanes), la búsqueda de esquemas personales que sirvan para explicar el mundo (al margen de la ciencia), el ombliguismo antisocial (como el caso de los antivacunas), los relatos falsos, las fake news, las informaciones inventadas a las que la única credibilidad que se les reclama es que encajen con nuestros prejuicios.

El mundo de la salud, la medicina y el bienestar se ha convertido en un campo de batalla permanente en el que, de pronto, las creencias personales desempeñan un papel fundamental e inesperado. El amimefuncionismo («a mí me funciona» tal o cual tratamiento sin aval científico) es el trumpismo sanitario.

Da igual que mi organismo se vaya al garete, que mi país se desmorone, lo importante es mantener mi visión de las cosas. Lo que necesito es que el político de turno me diga que la culpa es de los inmigrantes y que sin ellos se solucionarán mis desdichas laborales; que el falso médico me diga que puedo curarme un cáncer con remedios sencillos, sin sacrificios, arrinconando un problema emocional o tomando vitaminas.

“La medicina alternativa siempre estuvo ahí. Y me sentía perfectamente cómodo con ella”, dice Ernst. Entró en un hospital homeopático nada más acabar su formación en medicina

La homeopatía es solo una de las ciento cuarenta pseudoterapias que tiene catalogadas el Ministerio de Sanidad español, una más de las docenas de técnicas y prácticas que se atribuyen capacidades curativas que no han sido capaces de demostrar. Es más, la homeopatía no solo no ha probado que pueda curar: es que ni siquiera ha mostrado cómo podría hacerlo. Sus defensores no han podido explicar qué inaudito sendero medicinal llevaría a esas bolitas de azúcar a curar enfermedades.

La homeopatía se ha convertido en el tablero de juego de muchas de estas partidas dialécticas de las que hablábamos más arriba: los hechos y las percepciones, los datos y las voluntades, la ciencia y la creencia. Pero hubo un tiempo en que ni se planteaba este debate, en que nadie ponía sus fichas en el tablero para enfrentarlas a las bolitas de azúcar.

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El caso de Edzard Ernst es quizá el ejemplo más interesante que uno se pueda encontrar en la historia reciente de alguien que logra superar un sesgo tan personal, tan íntimo como el sistema de creencias que una madre puede inculcarle a un hijo. Porque Ernst, al que conocemos por haber sido durante muchos años el azote solitario de las pseudociencias, fue educado en las bondades de la homeopatía. Le pusieron el nombre de un curandero del que su madre era devota. «La medicina alternativa siempre estuvo ahí, a mi alrededor. Y me sentía perfectamente cómodo con ella», dice Ernst al comienzo de sus ejemplares memorias.

Siguiendo la estela de su madre y de su padre, médico, terminaría en un hospital homeopático nada más acabar su formación en medicina. «Basándome en esta temprana experiencia personal, yo tenía la impresión de que a menudo la homeopatía era eficaz», escribe. Su trabajo en ese hospital le permitiría dar respuesta a la siguiente paradoja: ¿cómo pueden funcionar estos remedios homeopáticos si en las clases de farmacología de la facultad explican que los principios de la homeopatía son un completo disparate? El joven Ernst se hacía preguntas. Sería el primero en responderlas con firmeza.

En los últimos años han cosechado una gran popularidad la psicología conductual y algunos de sus pioneros, como el Nobel Daniel Kahneman. En sus trabajos, estos psicólogos nos han mostrado cómo funciona el cerebro humano al tomar decisiones. Y resulta que muchas de las decisiones ya han sido tomadas de antemano: nuestro cerebro está predispuesto a rechazar todo aquello que «discuta» su sistema de creencias. Si recibe un nuevo dato, el cerebro se encarga de hacerlo encajar en su esquema mental, con calzador si es necesario, o bien lo rechaza negando su veracidad.

Es lo que se conoce como sesgos cognitivos: mecanismos que usamos para engrasar la masa gris, evitando que el roce con la realidad haga que salten chispas en nuestras neuronas. Esto provoca que incluso llegue a ser contraproducente usar datos contrastados para intentar sacar a alguien de su error. En muchas ocasiones se desencadena el efecto backfire («tiro por la culata») provocando que el sujeto se encierre todavía más en su discurso al rechazar la información que desmonta su manera de pensar.

El caso de Edzard Ernst es quizá el ejemplo más interesante que uno se pueda encontrar de alguien que logra superar un sesgo tan íntimo como el sistema de creencias que una madre puede inculcarle a un hijo

Ernst, que no tenía ni idea de lo emocional y politizado —ahora diríamos polarizado— que estaba el debate en torno a la medicina alternativa, se hizo con un puesto precisamente para estudiarla. Fue cuando comprendió que la ciencia debe ser «crítica» a pesar de lo que opinaban sus colegas en el mundo de la medicina alternativa, que no sentían la necesidad de cuestionar ni comprobar sus tradiciones, ideas y postulados. Ahí este investigador novato se encontró con el primero de sus problemas: cómo poner a prueba una pseudoterapia. Uno de los pasajes más divertidos del libro es la narración que hace el propio Ernst de cómo fue diseñando los ensayos clínicos para que fueran homologables, con doble ciego, con grupo de control, etc.

Con una pastilla es fácil medir el efecto placebo dándoles a los pacientes una píldora falsa que no contenga ningún medicamento. Pero ¿cómo medir el efecto placebo con tipos que aseguran curar mediante imposición de manos? Cuando Ernst empezó a atinar en el diseño de sus estudios, encontró el segundo (y mayor) de sus problemas: la resistencia, primero, y la radical oposición, después, de los propios curanderos y pseudoterapeutas a quienes quería estudiar. Estos personajes «jugaban» a la ciencia y a la medicina, hasta que Ernst descubrió que sus planteamientos y actitudes eran más propios de las religiones: el dogma del País de las Maravillas no se pone en duda.

Y así, prácticamente solo, contra viento y marea, sin conocimientos previos sobre cómo plantear estos ensayos clínicos, Ernst fue construyendo un corpus científico que iba desmontando poco a poco las mentiras de la pseudociencia. Y lo que quizá es aún más interesante, fue tumbando con su propio trabajo las creencias que su madre le había inculcado. Pasó de ser un joven médico homeópata al mayor azote de esa falsa medicina. Así, Ernst logró quizá el éxito más poderoso: que un cerebro cambiara por completo su sistema de creencias a la luz de las evidencias que iba recopilando. Si un cerebro humano pudo, todos podemos. Hay esperanza.

La historia detrás de la fotografía surrealista de Salvador Dalí y tres gatos voladores

Dalí atómico
Halsman, un fotógrafo de retratos de mediados de siglo, trató de levantar el velo sobre sus sujetos, aunque brevemente, para revelar su ser más íntimo. “Un verdadero fotógrafo quiere tratar de capturar la verdadera esencia de un ser humano”, dijo una vez el famoso. Pero capturar la esencia de Dalí era una tarea compleja. Durante casi cuatro décadas, Halsman fotografió al artista en muchas ocasiones, estimulando los retratos en blanco y negro más icónicos del surrealista.
Dalí Atomicus fue un ejemplo temprano de la práctica que Halsman llamó “jumpología”. Para captar el verdadero espíritu de sus sujetos, principalmente celebridades y figuras públicas que estaban acostumbradas a tener una lente entrenada, comenzó a pedirles que dieran un salto después de cada uno. sesión de fotos. “Cuando le pides a una persona que salte, su atención se dirige principalmente al acto de saltar y la máscara se cae para que aparezca la persona real”, explicó una vez.
Leda atómica
Salvador Dalí. Leda atómica , 1949. Teatro Museo Dalí, Figueres
 En Voluptate Mors
Philippe Halsman. En Voluptate Mors , 1951. ° CLAIR Galerie
Pero años antes de que convenciera a Audrey Hepburn, Grace Kelly, Richard Nixon y el duque y la duquesa de Windsor para que cada uno diera un salto de fe, organizó la sesión de Dalí, extravagante (y, en última instancia, sin pato). El artista aparece suspendido en el aire entre tres gatos voladores, un chorro de agua y muebles flotantes.
Cuando Dalí y Halsman se hicieron amigos íntimos en la década de 1940, Halsman había experimentado muchas dificultades en su vida. El fotógrafo, nacido en Riga en 1906, fue condenado falsamente por asesinar a su padre en 1928 y fue condenado a cuatro años de prisión, donde contrajo tuberculosis. Fue liberado dos años antes, luego de una exitosa campaña dirigida por su hermana, Liouba, que incluía una carta del físico alemán Albert Einstein. Einstein volvería a ayudar a Halsman en 1940 después de que el fotógrafo estableciera su carrera en París y obtuviera una visa de Estados Unidos para ayudarlo a escapar de la invasión nazi de Francia. (El retrato profundamente emotivo de Einstein de Halsman , tomado siete años después, se convertiría en una de sus obras más famosas).
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El primer retrato que Halsman tomó de Dalí en 1941, sobre un techo de Nueva York, consolidó su amistad. Condujo a cuerpos de trabajo como el absurdo (y acertadamente titulado) El bigote de Dalí (1954), con 36 vistas del famoso bigote encerado de su colaborador. Otras composiciones, que colocaron a Dalí en mundos extraños no muy diferentes de los de su propia imaginación, tomaron tiempo y detalles minuciosos para lograrlo. En Popcorn Nude (1949), Dalí lanza su pierna en una patada alta mientras los granos y las baguettes de palomitas de maíz explotan alrededor de un modelo desnudo. Y para crear In Voluptas Mors (1951), Halsman tardó tres horas en organizar los cuerpos de las mujeres para que formaran la ilusión de un cráneo.
Dalí Atomicus también requirió una preparación intensa. Halsman se inspiró en la pintura del artista Leda Atomica (1949), la obra, que Dalí comenzó en 1945, se representa en la parte posterior derecha de la escena. Pero a diferencia de la pintura, deseaba que todos los elementos de la fotografía estuvieran en la balanza.
Philippe Halsman, Dali Atomicus, 1948. © Philippe Halsman / Magnum Photos.
Philippe Halsman, Dali Atomicus , 1948. © Philippe Halsman / Magnum Photos.
La versión original, sin retocar, de la foto revela sus secretos: un asistente levantó la silla en el lado izquierdo del marco, los cables suspendieron el caballete y la pintura, y el reposapiés se apoyó en el piso. Pero no había ningún truco oculto para los gatos voladores o la corriente de agua. Para cada toma, los asistentes de Halsman, entre ellos su esposa, Yvonne y una de sus hijas, Irene, arrojaron los gatos y el contenido de un cubo lleno a través del marco. Después de cada intento, Halsman desarrolló e imprimió la película mientras Irene arreaba y secaba a los gatos. Las fotografías rechazadas tenían notas como “Salpicaduras de agua Dalí en lugar de gato” y “La secretaria se mete en la imagen”.
Cuando Halsman finalmente estuvo satisfecho con la composición, Dalí agregó un toque final a la fotografía impresa: los remolinos de pintura que aparecen en el caballete. La imagen final fue publicada en la revista Life .(Incidentalmente, Halsman tiene el récord de la mayor cantidad de coberturas de Vida jamás filmada: 101 en total).
Aunque eran dos mentes creativas en el apogeo de sus carreras, la relación entre Dalí y Halsman nunca fue competitiva, como lo explicó Irene Halsman en un video de 2016 sobre la fotografía de Time . “Dalí nunca quiso realmente fotografiar; Philippe realmente nunca quiso recoger un pincel ”, dijo. “Pero juntos, colaboraron e hicieron las imágenes más escandalosas”.
Jacqui Palumbo es la editora de cultura visual de Artsy.

Luces en el zoo

Arte y denuncia

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 Zoo de Guadalajara, España. Foto: JS.

No sé
de dónde viene la luz que enmarca el zoo
cada mañana.
Entre los viejos árboles y a contraluz,
me envuelven los colores casi todos blancos,
verdes, azules, nuevos…
Sus reflejos encienden poesía.

No sé
por qué amanezco en el zoo. No tengo prisa.
Las marmotas ramonean las plantas,
excavan su madriguera invernal
siempre en pareja.

Los pavos reales me siguen perezosos,
parece que meditan cada paso
bajando la cabeza
hasta sus propias huellas; presumen de discretos
y guardan su abanico
entre las plumas.

No sé,
no me preguntes por qué mi animal favorito:
la cabra, se empina sobre sus patas traseras
para no dejar hoja
entre los huecos de las alambradas.
Nos saludamos a distancia,
nos conocemos desde siempre y nos miramos
como si fuera la primera vez.

No sé
por qué se encarcela a las palomas
grises, blancas, azules, negras,

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Marianna Simnett y lo grotesco

Marianna Simnett, aún de Worst Gift, 2017. Cortesía de la artista.
Marianna Simnett
Scott Indrisek
https://www.artsy.net/article/artsy-editorial-marianna-simnetts-brilliantly-grotesque-videos-faint-heart?utm_medium=email&utm_source=14699943-newsletter-editorial-daily-10-09-18&utm_campaign=editorial&utm_content=st-S
Estoy sentado en la sala de espera de una clínica de radiología de Chinatown, donde un póster descolorido de Salvador Dalí, la pintura del toreador alucinógeno (1970) cuelga en la pared. Un televisor, cuya conexión de cable se salta y falla, está sintonizado para el programa de entrevistas diurno Pickler y Ben ; una mujer está relacionando su amistoso encuentro con la estrella de la música country Keith Urban en un local de Wawa. Estoy aquí para algunas pruebas que probablemente no necesito, aparte de sofocar mi propia paranoia.
A nadie le gusta matar el tiempo en un consultorio médico, especialmente uno tan accidentalmente surrealista. Pero es un lugar sorprendentemente apropiado para reflexionar sobre el trabajo igualmente extraño de

Mientras están a kilómetros de distancia en términos de tono, el artista tiene la afinidad más cercana a Mika Rottenberg. Ambos giran cuentos fantásticos alrededor de un núcleo de verdad documental; Ambos lanzan personas reales para jugar versiones de sí mismos. En sus trabajos de video, Rottenberg ha examinado las economías tanto de la lechuga como del cultivo de perlas. Simnett ha perseguido una amplia variedad de obsesiones, desde las “vírgenes juradas” en Albania hasta las formas en que las ubres de las vacas pueden ser víctimas de la mastitis. Sus videos entretejen historias paralelas, hechos confusos y ficción. Eso es parcialmente una reacción, me dijo recientemente, al hecho de que el mundo ha estado ocupado haciendo lo mismo.
Marianna Simnett, todavía de Blue Roses, 2015. Cortesía de la artista.

Marianna Simnett, de Blue Roses, 2015
Blue Roses (2015), por ejemplo, alterna entre un procedimiento de venas varicosas y un científico que trabaja para perfeccionar una cucaracha a control remoto. Incluye una escena en la que una pierna hinchada por la sangre explota y alcanza el clímax, como muchas de las obras de Simnett, con un número musical sorprendentemente conmovedor y conmovedoramente entretenido. The Udder (2014) es una especie de historia de mayoría de edad ambientada en una granja lechera pequeña, rural y robotizada.
La misma joven y no profesional actriz principal reaparece en Blood (2015), una representación de ensueño de una cirugía nasal que hace referencia tanto a un estudio de caso freudiano como a Kanun, un código legal albanés del siglo XV que sigue vigente en gran parte del país. (Simnett probó directamente el lenguaje más evocador del Kanun, como la expresión “Una mujer es un saco hecho para soportar”.) En Worst Gift (2017), un grupo de adolescentes adolescentes atrapados en un hospital sucio están sujetos a inyecciones interminables en sus cuerdas vocales a manos de un médico cubierto por ebullición que canta como un ángel.
Los elementos de estas películas se unen en una nueva instalación de cinco canales, Blood In My Milk (2018), vista en el New Museum de Nueva York hasta el 6 de enero de 2019, que el artista considera su propio trabajo cohesivo.
Marianna Simnett, todavía de Blood In My Milk, 2018. Cortesía de la artista.
Marianna Simnett, Blood In My Milk , 2018
Con Simnett, es difícil saber qué creer-lo que es imaginario, lo que es real, lo que no es real. “Empiezo a aprender sobre el sistema nervioso de las cucarachas, o las condiciones de la voz como la disfonía espasmódica o la puberfonía, y eso informa a una enfermedad casi inventada de ciencia ficción que luego comencé a manifestar”, explicó. “Pero surge de investigaciones rigurosas y conversaciones con médicos y cirujanos”.
Para su trabajo de 2016, The Needle and The Larynx , Simnett soportó personalmente los disparos de Botox a sus cuerdas vocales, lo que bajó temporalmente el tono de su voz. El artista originalmente consideró una cirugía invasiva que habría hecho que el cambio fuera permanente. Incluso el tratamiento con Botox fue un poco difícil de vender al principio. Inicialmente, el médico con el que quería trabajar no entendía por qué querría tal procedimiento. “Entonces él era como, ‘Ah … por lo que queda sujeto a cosas’”, recordó Simnett.
Parte de lo que hace que el trabajo de la artista se sienta tan conmovedor, al menos para este escritor permanentemente preocupado, es la forma en que captura las inquietantes inquietudes de la simple existencia física. Ser humano significa ser vulnerable, desprotegido, precario. El entregarse a un médico puede ser reconfortante: hay una entrega de responsabilidad, “someterse al control de otra persona”, como lo expresó Simnett. Hay un ritual y un protocolo para las visitas al médico que pueden ser relajantes, sin embargo empapados de miedo. La chaqueta de rayos X se cae, la varita de ultrasonido hace su progreso cosquilleo. Con suerte, tu pierna no estalla.
Vista de instalación de Blood in My Milk (2018) en el Nuevo Museo.  Foto de Maris Hutchinson / EPW Studio.  Cortesía del artista.
Vista de instalación de Blood in My Milk (2018) en el Nuevo Museo. Foto de Maris Hutchinson / EPW Studio.
Pero para el artista, los hospitales no son realmente su manera de hablar sobre la enfermedad; ella no se preocupa por su propia salud, per se. “Siento estas fuerzas de amenaza que son indescriptibles, y invento un lenguaje para ellas en mi trabajo”, me dijo. “Definitivamente es un sentimiento generalizado que llevo mucho tiempo cargando”. Esa amenaza es palpable en las películas, lo que puede ser difícil de asimilar; Los espectadores aparentemente se han desmayado en exposiciones anteriores. “La vista endoscópica de los huesos del cornete que se retiraron”, señaló, refiriéndose a una escena en Blood que utiliza imágenes médicas encontradas, “sí … a la gente no le gusta eso”. (Para el registro, Simnett dijo que la mayoría de las veces ya ha terminado el tema médico por el que es conocida: “No me gusta tener un hábito; no me gusta que aparezcan patrones”.
La incomodidad visceral de gran parte de su trabajo es intencional, pero Simnett no apunta a emociones baratas, quiere que los “cuerpos de sus espectadores se sientan vivos”, dijo. “Creo que se trata de tratar de sentir que estás ahí , cuando muchas personas nadan, se sienten muy débiles, en línea o digitales. Se trata de tratar de hacer que la gente se sienta alerta, despertada “.
Para Simnett, los hospitales y las salas de cirugía son una metáfora, una forma de llegar a un cierto tipo de temor, pero también un cierto tipo de esperanza. “No me interesa el horror por el bien del horror, o el shock por el bien del shock”, explicó. “Estoy contando historias, y mi historia no se trata de matarme en pedazos. La transformación es mucho más mi mensaje que la amputación, la transformación es a través de mi trabajo. Todo el mundo siempre se está convirtiendo en algo distinto de ellos mismos “.