De marinos y de puertos, de sueños y de aventuras.

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Encontrado en el ciberespacio. Desconozco el autor

Un día, a un hombre grande que alguna vez fue niño, le preguntaron:

¿De qué estás hecho tú?

El hombre que hasta ese momento había sólo escuchado, permaneció un tiempo más en silencio, pensando, buscando la verdadera esencia de lo que llevaba guardado en su corazón.

Luego le respondió:

De mares azules, profundos, insondables. De islas remotas donde navegantes intrépidos se perdían envueltos en tormentas que deshacían sus barcos. De naufragios y rescates heroicos, esos que parecen que jamás sucederán, pero llegan en una noche negra, sin luna, y de un momento a otro le cambian el destino a quienes estaban olvidados en un páramo perdido en el pacífico.

De montañas enormes, blancas, solitarias, inalcanzables, donde algunos pocos se aventuran en sus laderas empinadas. Donde el sol parece brillar el doble, y el calor abrasador le cede el paso al frío insoportable, cuando la noche destierra por largas horas a la luz.

De selvas tropicales, follaje tupido, verdes infinitos. De sabanas que no pueden ser abarcadas ni siquiera con la mirada; y una montaña inmensa que se abre en el horizonte queriendo plegarse, como tomando fuerza para saltar hacia el cielo. De animales corriendo en el medio de un océano de oro y marfil, envueltos en atardeceres rojos, mirándose agazapados los unos a los otros.

De naves celestiales, universos lejanos, y la negrura del espacio. De una inmensidad inabarcable, pero tan cercana a los deseos que da la sensación de poder tocarse tan solo con el pensamiento. De los sueños de un día estar allí. De comprender su sentido, de hacerse una idea de la distancia, e inventar un motivo, una razón. De imaginar un final de todo aquello, no un infinito.

Y de cientos y cientos de páginas. Bibliotecas que se alzaban ante los ojos como si se tratara de la invitación a una fiesta.

De eso creo que estoy hecho, le contestó le hombre.

El otro, sosteniendo la mirada en aquellos ojos que ahora lo seguían complacido, insistió

¿Y cuándo sucedió todo eso?

El hombre sonrió, con esa sonrisa cómplice de quien no solo reacciona ante algo gracioso, sino que siente una satisfacción interior que fluye por todo su cuerpo, y hace que lo que está pensando, su primera impresión, no solo se razone, sino que se sienta.

– Sucedió cuando era aún un niño.