Nacimiento de Dioniso

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Dioniso (Διώνυσος Diônysos o Διόνυσος; latino: Baco), es el dios patrón de la agricultura y el teatro y está relacionado con la casa real de Tebas además de compartir su genealogía con la familia de Edipo.

Cadmo, rey de Tebas, tenía cuatro hijas; Zeus amó a una de ellas, Semele. Pero Hera, celosa como es habitual, disfrazada como una anciana, se presentó ante Semele y, provocándole dudas sobre el amor de Zeus, la alentó a que le pidiera que le hiciese el amor en toda su divina majestad, tal como se presentaba ante Hera.

Semele, que estaba ya embarazada, le hizo caso. Después de haber prestado juramento, Zeus se vio obligado a acceder a su deseo, y la pobre Semele pereció ante el ardor de la pasión divina de Zeus.

Dado que la criatura de Semele aún no podía sobrevivir, Hermes cosió la infantil criatura en el muslo de Zeus, en el cual permanecería nueve meses hasta su nacimiento.

En otra versión de la misma historia, Dioniso era el hijo de Zeus y Perséfone, la reina del inframundo. Una celosa Hera intentó de nuevo matar al niño, enviando esta vez a los Titanes a descuartizarlo tras engañarlo con juguetes. Zeus hizo huir a los Titanes con sus rayos, pero éstos ya se habían comido todo salvo el corazón, que fue salvado, según las fuentes, por Atenea, Rea o Deméter. Zeus usó el corazón para recrearlo en el vientre de Sémele: de ahí que se llame a Dioniso ‘el dos veces nacido’. A veces se decía que Zeus dio a comer el corazón a Sémele para preñarla.

En ambas versiones de la historia, el renacimiento es el principal motivo de adoración en las religiones mistéricas, pues su muerte y resurrección eran sucesos de reverencia mística. Aparentemente este relato se usaba en ciertas religiones mistéricas griegas y romanas.

Dioniso es un dios extraño y ambiguo. Lo conocemos, sobre todo, como el inventor del vino, pero su significado es más extenso y complejo. Así lo atestiguan los diversos nombres que recibe, a parte de los más conocidos de Baco y Dioniso, es llamado Bromio, el que brama como bestia salvaje, sea pantera, león o toro, y Lysios y Eleuthereus, por su acción liberadora. Es, además, el dios de la máscara y la representación por excelencia: en honor a él se realizaban las Grandes Dionisíacas en Atenas, donde en cuatro días se cantaban ditirambos -himnos de diverso contenido- y se representaban 3 o 5 comedias, doce tragedias y tres piezas satíricas. Tiene la capacidad de producir locura, la manía, ese estado de delirio que produce en sus seguidores por medio de la danza frenética y la ingestión del vino. Su propio nacimiento es extraño: nace como dios aun siendo fruto del amor de Zeus y una mortal, Sémele, como nos relata el poeta Hesíodo: “y la cadmea Sémele, igualmente en trato amoroso con él [Zeus], dio a luz un ilustre hijo, el muy risueño Dioniso, un inmortal siendo ella mortal. Ahora ambos son dioses”

Su procedencia no es griega como el mismo Dioniso reconoce en la tragedia de Eurípides: “Lidia es mi patria”.

La condición de dios extranjero es confirmada por otras fuentes helénicas, resulta curioso pues el dios recibía de los griegos muchos homenajes en fiestas, figuraba en el panteón olímpico, compartía con Apolo el santuario de Delfos y estaba presente en la lírica arcaica como inspirador de himnos: “cómo marcar el inicio del bello canto del divino Dioniso, el ditirambo, sé yo, cuando el vino fulmina mis entrañas” (Arquíloco, 77D). Homero y Hesíodo apenas lo citan, pero no es raro si sabemos que realizaron una selección de los mitos en virtud de los gustos de sus patronos. Dioniso es un dios presente en la Hélade y si es considerado extranjero no se debe a su origen asiático, sino a que muchos griegos lo rechazan en el interior de sus espíritus.

Baco es descrito por el tirano Penteo como un extranjero “que lleva una melena larga y perfumada de bucles rubios, de rostro lascivo con la atractiva mirada de Afrodita en sus ojos”

El culto está destinado a las mujeres probablemente porque eran el sector más desfavorecido de la sociedad. El sufrimiento del parto es un símbolo de la realidad cotidiana de la mujer griega cuya vida no era agradable. Recluidas en una parte de la casa, denominado gineceo, realizaban sus pesadas labores, especialmente tejer. Sus salidas de la casa eran mínimas y siempre debían ser acompañadas por un  esclavo. Dioniso es sensible a la opresión de las mujeres: “pronto la comarca entera danzará, cuando Bromio conduzca sus cortejos al monte, al monte, donde aguarda el femenino tropel, lejos de telares y ruecas, aguijoneado por Dioniso”

Es Dioniso quien liberara a las mujeres del trabajo pesado del telar. La relación entre el telar y la opresión de la mujer aparece ya en Homero, cuando Telémaco silencia a su madre y le ordena: “más tú vete a tus salas de nuevo y atiende a tus propias labores, al telar y a la rueca, y ordena, asimismo, a tus siervas aplicarse al trabajo; el hablar les compete a los hombres y entre todos a mí, porque tengo el poder en la casa”

Las mujeres son los seres que más necesitan la felicidad prometida por el dios pues “de todo lo que tiene vida y pensamiento, nosotras, las mujeres somos el ser más desgraciado”

El propio Dioniso guiará el cortejo dionisíaco. El tíaso (θίασος, una comitiva extática de Dionisoirá), acompañado de los gritos liberadores del “¡evohé!” y de una música cautivadora: al son de panderos de sordo retumbo, festejando con gritos de ¡evohé! al dios del evohé, entre los gritos y aclamaciones frigias, al tiempo que la sagrada flauta de loto melodioso modula sus sagradas tonadas, en acompañamientos para las que acuden al monte, al monte.

La música adquiere, en el ritual dionisíaco, un papel relevante como elemento terapéutico y purificador, realiza una catarsis del alma. El aspecto purificador de algunas músicas y, concretamente, de los instrumentos utilizados en el rito dionisíaco lo señala Aristóteles: “la flauta no es un instrumento moral, sino más bien orgiástico, de modo que debe utilizarse en aquellas ocasiones en las que el espectáculo pretende más la purificación que la enseñanza” (Política, 1341a).

Y es la música de la flauta frigia la que mejor participa en lo  dionisíaco: “todo el delirio báquico […] se expresa por medio de la flauta, de entre los instrumentos, de modo especial, y entre las armonías es la frigia la adecuada a tales acordes” (Política, 1342b) y en aquellos que estén afectados de pasiones “se operará cierta purificación y se sentirán aliviados con placer” (Política, 1342a).

La música acompaña a la ingestión del vino, el elemento más emblemático del dios: Él, que se ocupa de esto: de guiar a su cortejo en las danzas, de reír al son de la flauta, y de aquietar las penas, en cuanto aparece el fruto brillante del racimo en el banquete de los dioses, y cuando en los festejos de los hombres coronados de yedra la vasija de vino despliega sobre ellos el sueño.

 

El vino tiene también una función terapéutica, alivia los pesares y produce olvido  mediante el sueño, “¡No hay otra medicina para las penas!” dirá el adivino Tiresias.