Pandemias y el gran desajuste evolutivo

G. Dezecache, C.Frith y O.Deroy Fuente: Cell Press
http://doi.org/10.1016/j.cub.2020.04.010  Pandemics and the great evolutionary mismatch
https://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoid=95969&fuente=inews&utm_source=inews&uid=520577
La actual crisis de covid-19 está reabriendo algunas de las preguntas centrales de la psicología: ¿cómo se comportan los humanos en respuesta a la amenaza? ¿Se les puede instar a comportarse de manera diferente? El pánico y el comportamiento egoísta generalmente se consideran las respuestas frecuentes al peligro percibido. Sin embargo, las personas se vinculan y buscan contacto social aún más cuando están expuestas a una amenaza. Estas inclinaciones podrían haber sido adaptativas en nuestro pasado evolutivo. Son nuestro problema más serio ahora.

Introducción

¿Qué hacen los humanos ante una amenaza colectiva?

Esta es una pregunta central para la psicología y es de gran interés práctico para la pandemia de covid-19. Los autores, dicen, podrían simplemente retirarse a la ‘seguridad’ de sus torres de marfil y dejar que todos los demás se preocupen, pero el hecho de tener un fuerte impulso para hacer algo cuenta una historia muy diferente de la que aún domina las ciencias sociales y psicológicas y medios de comunicación: la idea de que el peligro saca lo peor de nosotros -pánico, comportamiento antisocial y competencia feroz por los recursos materiales y físicos-.

La transgresión moral y el abandono de las normas sociales a veces pueden ocurrir y ciertamente colorean la imaginación pública, pero este comportamiento tiende a ser raro.

Los estudios sociológicos y psicológicos muestran que, bajo estrés, las personas con frecuencia permanecen tranquilas y cooperativas. Lo que se da más, en lugar de la evitación egoísta, es la cooperación y la búsqueda de contactos, que son nuestras respuestas principales a la amenaza. Lo que aumenta en tiempos de ansiedad y amenaza no es un impulso para ayudarse a uno mismo a toda costa, sino un impulso intuitivo para ayudar a los demás. La desafortunada consecuencia es que, en respuesta a la amenaza actual deseamos contacto social, particularmente con los seres queridos y los más vulnerables.


Pandemias y la narrativa del “colapso del orden social”

Al describir el comportamiento de las personas que viven en países afectados por la propagación de COVID-19, los medios de comunicación adoptaron rápidamente una visión “hobbesiana” de la naturaleza humana. Esta es la expectativa de que la exposición a la amenaza hace que las personas abandonen las sutilezas sociales y, al ser naturalmente rivales, vuelvan a caer en la “brutalidad y miseria”. Los principales periódicos informan de pánico, con gente corriendo a las tiendas para recoger máscaras, desinfectantes para manos y alimentos.

Esos comportamientos son habitualmente calificados como irracionales: ¿por qué apresurarse a comprar alimentos cuando se nos dice que no habrá escasez? Los autores no dudan de que los humanos pueden ser irracionales. Sin embargo, a nivel individual, ¿es racional acumular alimentos y papel higiénico cuando se nos dice que tendremos que quedarnos en casa por un tiempo indefinido?

No es que no confiemos en los políticos, pero estamos en lo cierto al no estar seguros acerca de la capacidad de recuperación de las instituciones y el contrato social en general, ante una amenaza sin precedentes, desconocida y creciente. Del mismo modo, es perfectamente racional, a nivel individual, correr hacia las salidas cuando el edificio está en llamas. Sin embargo, estas decisiones racionales auto-orientadas son sobre las que tenemos que reflexionar conscientemente. Nuestras respuestas intuitivas iniciales son, por el contrario, cooperativas.

En circunstancias que amenazan la vida real, las personas no se toman el tiempo y deliberan fríamente sobre qué comportamiento se adaptaría mejor a su propio interés, es decir, dejar a otros atrás y, metafóricamente, correr hacia la salida con suficiente comida (y papel higiénico). Por el contrario, las personas buscan contacto social. Se controlan entre sí, e incluso respetan o reinventan las normas sociales, con contenido moral o altruista.

En un trabajo reciente, vimos cómo se comportaba la gente en un teatro bajo ataque terrorista. Donde podríamos haber esperado un pánico y una estampida generalizados, descubrimos que las personas formaban colas para salir a una salida de emergencia, mientras que algunos incluso tenían sesiones de votación para decidir colectivamente la mejor manera de mantenerse a salvo.

La llegada de COVID-19 se enfrenta con inercia y placidez, en lugar de pánico masivo. La población francesa fue (y sigue siendo) criticada por sus propias autoridades por su laxitud y despreocupación. Hace algunas semanas, los franceses continuaron reuniéndose en terrazas de bares y rompieron las reglas obvias de distanciamiento social.

El estado alemán de Baviera tomó medidas de confinamiento más estrictas el 21 de marzo, luego de descubrir que muchas personas, a pesar de las instrucciones explícitas de mantenerse alejadas de los demás, todavía se reunían en grupos como si nada hubiera cambiado. Violaciones similares de consejos oficiales están ocurriendo en todas partes.

Una alternativa a la acusación de que las personas son irracionales e irresponsables es la que las personas ignoran la amenaza. Los autores sugieren que conocer la amenaza es perfectamente compatible con buscar compañía de amigos y seres queridos. Estar con los demás y obtener -pero también brindar- apoyo social es la forma en que enfrentamos el estrés. La amenaza creciente solo es probable que refuerce esta inclinación social.


Asociación y búsqueda de contactos como respuestas centrales al peligro percibido

La asociación y la búsqueda de contacto físico son respuestas centrales al peligro.

Incluso en ausencia de amenaza, el distanciamiento espacial no es natural. En circunstancias normales, se espera una distancia de alrededor de 1 metro al interactuar con amigos y conocidos. Los humanos, como otros primates, se mantienen cerca de otros para crear y mantener lazos sociales. La búsqueda de contactos puede ser un impulso “natural” que está integrado en nuestra fisiología. El contacto social contribuye a la regulación fisiológica de las respuestas del cuerpo a estresores agudos y otros desafíos a corto plazo.

El apoyo social cercano no es un extra para obtener recompensas adicionales, constituye nuestro punto de partida. Nuestros cerebros no responden positivamente a su presencia, sino negativamente a su pérdida. Las personas pueden anhelar señales sociales al igual que anhelan comida. Las implicaciones políticas de décadas de investigación en neurociencia social son claras, pero se ignoran ampliamente: pedirles a las personas que renuncien al contacto social no es solo pedirles que se abstengan de realizar actividades placenteras. Les está pidiendo que diverjan de un punto de equilibrio, hacia el cual normalmente todos gravitan.

En contextos amenazantes, nuestras tendencias asociativas y nuestro deseo de buscar contacto físico se vuelven más fuertes. Las personas que sienten miedo, estrés y amenazas no solo buscan contacto social: buscan aún más contacto social.

La investigación sobre desastres ha demostrado que la búsqueda de contacto es la respuesta primaria al peligro percibido, en lugar de distanciarse, incluso si esto último es más seguro. Cuando sabemos que hay algo que perder, en lugar de ganar, somos más propensos a unirnos a otros, tanto para disipar el estrés como para reducir nuestros sentimientos de responsabilidad.

Estas tendencias se centrarían preferentemente en personas que ya están familiarizadas. En su ausencia, las personas buscarán lugares familiares asociados con los cercanos. Es esto, quizás, lo que explica los movimientos de masas antes de que se proclamen las reglas de confinamiento. También es posible que grupos ad hoc emerjan desde cero cuando surge una amenaza, emergiendo de un sentimiento de “destino común”. El éxodo alejado de los centros urbanos densos ha ocurrido en varios países y ha sido criticado por sus consecuencias epidemiológicas potencialmente desastrosas.


¿Quién es el “nosotros” en “nosotros estamos juntos en esto”?

Que exista una amenaza no significa que se perciba como tal, lo mismo se aplica a su gravedad. Las personas pueden dar credibilidad a fuentes que no sean oficiales, y subestimar la amenaza, pero no son crédulos, y es probable que el peligro los haga aún más vigilantes. Muchos de nosotros claramente creemos que existe una amenaza, pero no la percibimos como una amenaza colectiva que nos afecta directamente a “nosotros”.

Un problema importante es que las enfermedades son en gran medida invisibles, particularmente las enfermedades (como COVID-19) que permanecen asintomáticas en una gran parte de la población. Esta imperceptibilidad significa que ni siquiera se detecta, y mucho menos se reconoce como una amenaza colectiva.

Por lo tanto, los mecanismos de evitación defensiva asociados con el miedo y el asco no funcionarán.

Del mismo modo, nuestras tendencias sociales simplemente continúan, ya que, en ausencia de síntomas, no percibimos que podamos portar la infección. Incluso si creemos que la amenaza está muy extendida en nuestro propio grupo, las implicaciones para uno mismo son desafiantes. Reconocer que es probable que uno se convierta en una amenaza mortal para los demás es incongruente con nuestra propia imagen, lo que lleva a la disonancia y la negación del peligro.

Sin embargo, existe un segundo problema: una amenaza derivada de la infección, en sociedades con sistemas de salud que funcionan de manera óptima, puede detectarse y, sin embargo, reconocerse como grave solo para una pequeña fracción de la población. A menos que consideremos que pertenecemos a esa fracción, la amenaza no puede interpretarse como colectiva: son ellos, no nosotros. Una amenaza que permanece invisible, y se cree que se aplica solo a algunas personas, es diferente a otras amenazas (depredadores, enemigos o huracanes) que claramente amenazan a todos en un lugar determinado.

Se necesita más que proximidad física y co-vulnerabilidad para que una amenaza sea reconocida como colectiva. Se requiere cierta comprensión real o potencial de los aspectos de la amenaza que todos compartimos, en un colectivo: nosotros. Una vez anclados en la idea de que afecta a una pequeña fracción de personas, ya sea diferente o igual que nosotros, es probable que las personas pierdan lo que significa el crecimiento exponencial.

Además, las poblaciones en las que las personas se consideran a sí mismas como “personas independientes” podrían ser más propensas a minimizar la gravedad del problema, ya que tendrán mayores problemas para imaginar que la amenaza en realidad se volvería peligrosa para sus seres queridos o afectaría a la sociedad como un todo.

En las sociedades y poblaciones donde prevalece un modelo ‘colectivo’ de sí mismas (es decir, las personas se piensan como ‘miembros de un grupo’ y como socialmente interdependientes), esto podría ser al revés: en tales poblaciones es probable que se promueva el surgimiento de normas colectivas y las cumplan.

Desafortunadamente, en muchos países al menos, no existen normas culturales claras establecidas para el comportamiento frente a epidemias masivas, y mucho menos para una global. Con toda probabilidad, el desajuste entre nuestra percepción errónea de la gravedad de la amenaza y sus consecuencias es probable que se vuelva aún más destructivo en áreas urbanas densas en las que el aislamiento social es un bien costoso.


La asociación y la búsqueda de contacto como nuestro mayor problema actual

Los patógenos y los virus son viejos problemas evolutivos: muchos organismos evitan los contaminantes y las personas infectadas, y las propias personas infectadas también pueden buscar el aislamiento, deteniendo la propagación del virus. Los humanos también estamos equipados con mecanismos (por ejemplo, disgusto) para evitar posibles contaminantes y evitar que nos infectemos.

Muchos estudios, desde casos sensoriales hasta casos más abstractos de disgusto, sugieren que este mecanismo es muy conservador. Por ejemplo, una intoxicación alimentaria genera respuestas aversivas duraderas a la misma comida, así como respuestas similares.

Entonces, ¿por qué no nos evitamos en tiempos de infecciones?

Esto se debe a que nuestros mecanismos para evitar infecciones están abrumados por un impulso mucho más fuerte para asociarse y buscar contacto cercano.

A medida que un número creciente de países imponen o recomiendan el aislamiento en respuesta a la propagación de COVID-19, es importante reflexionar sobre los desafíos particulares a los que pueden conducir estas recomendaciones y las soluciones para abordarlos. Nuestros antojos sociales, reales o anticipados, pueden tener consecuencias mortales, pero también hay un aspecto cada vez más optimista de la historia.

Cada vez hay más pruebas de que la amenaza colectiva nos hace más solidarios y cooperativos socialmente, pero ahora podemos llegar -virtualmente, pero no por ello menos significativamente- a vecinos, parientes lejanos o incluso beneficiarios anónimos en las redes sociales.

Políticamente, esto significa que el acceso a Internet y la comunicación es una prioridad, especialmente cuando los más vulnerables coinciden con los menos conectados tecnológicamente. ¿Cuáles serán los efectos de este cambio a largo plazo a Internet? Estamos en medio de un masivo “experimento” que explora si nuestros cerebros y cuerpos pueden funcionar sin proximidad física. Lo que obtengamos de esta situación especial es tan importante como cómo y cuánto tiempo podemos enfrentarlo.

  • En resumen, los autores argumentan que la asociación y la búsqueda de contactos son respuestas clave al peligro.
  • Es probable que estas tendencias sociales naturales obstaculicen la observancia del distanciamiento físico durante la pandemia actual.
  • El acceso universal a internet ha sido discutido como fundamental para la libertad de expresión. Aquí también se convierte en una medida de salud pública.

Tos, estornudos y gérmenes propulsados ​​por chorro: dos películas de servicio público de Richard Massingham (1945)

En un momento en que la propagación de la enfermedad está en la mente de todos y los gobiernos de todo el mundo buscan educar al público sobre cómo ayudar a contener el Coronavirus a través de PSA de lavado de manos de todo tipo , pensamos que es una buena oportunidad para destacar dos breves e inolvidables y misericordiosamente divertidas películas de servicio público realizadas en 1945 y 1948, respectivamente. Mientras que los anuncios de servicio público de hoy en día provienen principalmente de nuestras redes sociales y a través de anuncios de televisión, estos “trailers” informativos se mostraron antes o entre las principales características del cine local, informando al público sobre todo, desde la importancia del racionamiento en tiempos de guerra hasta la publicación posterior. Trabajos de guerra del nuevo Sistema Nacional de Salud.

La primera película presentada aquí, Tos y estornudos de 1945, comienza con un montaje cómico de bromas prácticas. “Es posible que hayas conocido a algunas personas a las que les gusta hacer este tipo de cosas”, dice el narrador, mientras vemos a una serie de personas golpearse la cabeza, tropezar o caerse de cabeza; “Son una molestia, estoy de acuerdo, pero son bastante inofensivos”. La escena se convierte en otro tipo de molestia, que no es inofensiva en absoluto: un hombre que estornuda sin cubrirse la boca. Este peligro para la sociedad es llevado rápidamente a una habitación para recibir instrucciones sobre el uso adecuado de su pañuelo y, en una película de seguimiento, Don’t Spread Germs (Jet-Propelled Germs) de 1948, más instrucciones sobre cómo limpiar adecuadamente su pañuelo – en un recipiente con desinfectante separado del lavado familiar.

El director y la estrella de estas dos películas es Richard Massingham (1898–1953), un exoficial médico en el London Fever Hospital (e hipocondríaco) que mostró un talento autodidacta en gran medida desde 1933, cuando él hizo una película sobre el hospital donde trabajaba. Siguieron otras películas, sobre un terrible viaje al dentista, entre otros temas. Saltó a la fama durante los años de guerra con películas respaldadas por el gobierno como The Five-Inch Bather (1942) , que apoyó alegremente la recomendación del departamento de guerra de bañarse en no más de cinco pulgadas de agua con imágenes de elefantes, gatitos y Massingham él mismo, bañándose con alegría infantil. Después de la guerra, también, continuó promoviendo la buena higiene y el buen sentido, no solo en los gérmenes propulsados ​​por chorropero en el maravillosamente surrealista Watch Your Meters (1947) .

Como hipocondríaco y médico, a Massingham obviamente le apasionaban los temas que promovían la salud pública. Entonces, en honor a su vida y trabajo, recuerde: “¡la tos y los estornudos transmiten enfermedades!” ¡Quédate bien y cuídate!

Qué hemos aprendido o aprenderemos de la pandemia: el sector público

Qué hemos aprendido o aprenderemos de la pandemia: el sector público

Focus / Masticadores -Editores: Carlos Usín Lacarcel, Santiago Acuña, j re crivello-

mona lisa with face mask

Una de las cuestiones que la pandemia del covid-19 ha elevado a urgente es la reflexión sobre la fortaleza y el funcionamiento del sector público. La que suscribe el escrito no es politóloga y es posible que el riesgo de exponer un alegato exclusivamente teórico en un mundo tan complejo resulte una ingenuidad.

Pero, legitimada por el derecho de ciudadanía, sujeto de derechos y deberes y habiendo cedido el poder a unos representantes que velen por el interés general, tengo la libertad de expresar las deficiencias que se han puesto de manifiesto en el sector público y cómo debe conjugarse, a mi juicio lo público, lo privado y la iniciativa social (tercer sector) en una democracia social -y no liberal-, que es a mi juicio el mal menor.

En primer lugar, el sector que se ha visto en el ojo del huracán ha sido la sanidad pública -quiero puntualizar que…

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En recuerdo de Marcos Mundstock

Marcos Mundstock, fotografiado en 2007.Marcos Mundstock, fotografiado en 2007.JUAN MABROMATA / AFP
DANI ALÉS

Miembro fundador de Les Luthiers (1967), Marcos Mundstock formaba con Daniel Rabinovich un dúo que, al actuar, guardaba una relación con el resto del grupo similar a la de un diamante con el anillo de oro al que se engarza. Con ellos uno nunca sabe qué admirar más, si la calidad de su comedia, o la de su música. Como sucede, a veces, con las grandes obras artísticas, sus creaciones son inclasificables, con lo incómodo que es eso a la hora de otorgar un premio Max, un Grammy, o el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

No sé si la profesión de su padre (relojero) influyó en su precisión con el lenguaje. Debemos al teórico del “diptongonante” algunos de los más impresionantes malabares idiomáticos, con los que hizo reír a su estimado público (estimado en unas ochocientas personas, por lo visto). Como el mejor Quevedo, retorcía las palabras en forma y sentido, jugaba con la confusión y el equívoco, sugería la ambigüedad, dominaba el calambur y la litote. En un vídeo formidable con el que participó a distancia en el Congreso Internacional de la Lengua de 2019, además de plantear a la RAE una serie de sugerencias sublimes para enmendar ciertas imprecisiones del castellano (como bien señaló su amigo Álex Grijelmo), presentaba palabras nuevas como cinecólogo, médico de actrices de Hollywood, que podían llegar a sufrir actritis. Aficionado a la etimología, nos enseñó que un suicida no es el que mata a un suizo, sino alguien que se quita la vida “a sui mismo”, o que la musa de los escarabajos es la escaramusa [sic]. Pero su erudición iba más allá del español, aunque no vamos a extendernos aquí en su dominio del inglés, pues “time is money”, ya saben: “el tiempo es un maní”.

Como Borges, como Maradona, como Federico Lupi, nos hizo enamorarnos de Argentina. Sus actuaciones han sido pieza clave en la educación humorística de innumerables espectadores que las fuimos descubriendo en cintas de casete

Su ascendencia judía no le impidió asomarse a la hagiografía de san Ictícora de los Peces, distinguir entre los grandes adeptos al Islam (los “muy sulmanes”), y los que solo seguían en parte los preceptos de Mahoma (los “mahomenos”), o dar a conocer la secta del telepredicador Warren Sánchez (secta, porque antes había fundado otras cinco). Sin él, nunca habríamos sabido que la oración se compone de sujeto y predicado porque “nunca se ha sentido mejor sujeto que cuando ha predicado”.

Ha caído la mejor barba de la comedia de guante blanco, el biógrafo de Manuel Darío, de D. Rodrigo Díaz de Carreras, de Oblongo ‘Ngue, de Cantalicio Luna, de Kathy, la reina del saloon (Kathy reina, por un poquito no lo fue). Escipión, el político corrupto de las himnovaciones, el inolvidable presentador de “Entreteniciencia familiar”, el tipo que mejor improvisó jamás la vida del célebre compositor Lajos Himrenhazy, el cual cuando nació fue el menor. El pirata modisto de “Las majas del bergantín”, aquella obra de marineros inspirada en la vida de un leñador que vivía solo con su loro: la adaptación no fue fácil.

Como Borges, como Maradona, como Federico Lupi, nos hizo enamorarnos de Argentina. Sus actuaciones han sido pieza clave en la educación humorística de innumerables espectadores que las fuimos descubriendo en cintas de casete, cedés, algún VHS, los carísimos DVD que intentábamos coleccionar, o, últimamente, los vídeos subidos a la red, que acumulan millones de visitas. Dicen que un artista bueno es inimitable, pero cuando es excelente se vuelve canónico, referencial y, por tanto, imitadísimo: ¿cuántas y cuántas veces habrán sido versionadas por sus seguidores?

Cervantes se inventó a Don Quijote, igual que Marcos Mundstock a Johan Sebastian Mastropiero. Los dos entendieron la vida desde una mirada “lúdica y lúcida”, como defendió el argentino al recibir el Princesa de Asturias, desde la risa, la parodia y el cambio de perspectiva. Los dos han hecho mejor la vida de mucha gente que nunca conocerán. Los dos murieron el mismo día, pero de distinto año.

Decía Alejandro Dolina que Les Luthiers es la prueba de que para triunfar no es obligatorio ser estúpido. Poco reconforta tanto como encontrar un humorista cuyas bromas nacen de la lectura sutil de códigos paralelos, de la elipsis, la ironía y lo implícito. En definitiva: de la inteligencia.

Después de matarnos de la risa, ha muerto Marcos Mundstock, un referente y un estímulo para todos los que nos reímos en español, y lo ha hecho en plena pandemia. No sabemos si se ha ido dentro de un bajo barriltono o montado en mandocleta. Ahora que toca el ritual de revisitar algunos vídeos, nos reímos pese a todo, bajo la mascarilla.

Dani Alés es cómico de ‘stand-up’ y doctor en Literatura.