La relación médico – médico

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Autor: Profesor Alcides Greca

Fuente: Clínica-UNR Medicina Ambulatoria

http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=89349

Mucho se ha dicho y escrito acerca de la relación entre médico y paciente, en particular de su importancia para comprender no sólo qué padece sino quién es el ser humano que acude a nuestra consulta con un pedido de ayuda. Diferente es la situación cuando se trata de la relación médico – médico: una vinculación compleja y policromática donde se superponen la idealización, el temor reverencial, la confraternidad, la competencia y la soberbia. Analizar este amplio contexto no es tarea sencilla porque nos enfrenta con nuestras emociones más primarias e intensas que rozan lo excelso y lo miserable, pero no por difícil es empresa que deba abandonarse; por el contrario, enfrentarla sin reservas y de manera descarnada nos hará entender mejor nuestra esencia emocional y nos permitirá crecer como seres humanos y en base a ello, ser mejores para nuestros enfermos.

A Hipócrates (siglo V aC), a quien muchos consideran el padre de la medicina se atribuyen una serie de enseñanzas acerca de la medicina clínica, reunidas en el denominado Corpus Hippocraticum. De entre ellas, se destaca el juramento que con algunas adaptaciones impuestas por el paso del tiempo, pronunciamos todos los médicos cuando comenzamos el ejercicio de la profesión. En relación con los otros médicos, dice Hipócrates: Tributaré a mi maestro de Medicina igual respeto que a los autores de mis días, partiendo con ellos mi fortuna y socorriéndoles en caso necesario; trataré a sus hijos como a mis hermanos, y si quisieran aprender el arte, se los enseñaré desinteresadamente y sin otro género de recompensa. Instruiré con preceptos, lecciones habladas y demás métodos de enseñanza a mis hijos, a los de mis maestros y a los discípulos que me sigan bajo el convenio y juramento que determina la ley médica y a nadie más.

Y en la versión moderna del juramento, se afirma: Mis colegas serán mis hermanos. Surgen así, desde el comienzo, tres niveles distintos de relación entre médicos:

a) la figura paterna (el maestro)

b) la filial (el discípulo)

c) la fraterna (el colega).

Va de suyo que a la primera nos subordinamos más emocional que intelectualmente, con la segunda sentimos una dependencia de nosotros y con la tercera nos conducimos en pie de igualdad. Todos sabemos que con el padre, los hermanos y los hijos se establecen complejas relaciones, que no tendrían por qué ser diferentes cuando se dan en el contexto médico.

Omnipotencia y soberbia: El mito de Asclepio

La capacidad ilusoria de derrotar a la muerte ha habitado desde la más remota antigüedad la mente de los médicos. El mito, que siempre refleja a través de materiales de ficción las convicciones profundas de una sociedad, ya dio cuenta de este fenómeno en la Grecia antigua. Asclepio, dios de la medicina, hijo de Apolo y Corónide, aprendió el arte de la curación tanto de su padre como del centauro Quirón y llegó a ser igualmente hábil en el ejercicio de la cirugía como en el empleo de medicamentos. Atenea, diosa de la guerra, le entregó dos redomas con sangre extraída de las venas de la gorgona Medusa. Con una de ellas podía Asclepio resucitar a los muertos, con la otra, mataba instantáneamente.

Se cree que Atenea y Asclepio se repartieron las vasijas. Él utilizó la de la vida y ella usó la suya para matar e instigar guerras. La diosa había entregado antes dos gotas de la misma sangre a Erictonio, dios semimítico de Atenas, simbolizado con una serpiente y ató las vasijas a su cuerpo con cintas doradas. Asclepio por su parte resucitó a Licurgo, Glauco y Orion, entre otros. Fue así que Hades, dios del inframundo de los muertos, se quejó a Zeus porque Asclepio le estaba arrebatando a sus súbditos. Zeus entonces envió un rayo devastador que fulminó a Asclepio por haber cometido la más grave falta, la hibris (soberbia desmesurada). Más tarde, sin embargo, lo resucitó. Se cumplió así la profecía de Evipe, hija de Quirón, que predijo que Asclepio llegaría a ser dios, moriría y reasumiría la divinidad.

La imagen de Asclepio, sosteniendo una serpiente fue puesta por Zeus entre las estrellas. Tal vez para neutralizar nuestra soberbia esencial, tenemos los médicos a la vista todos los días en nuestros recetarios una barra inclinada de derecha a izquierda luego de la fórmula Rp (Rp/). Esa barra simboliza el rayo que mató a Asclepio y pretende que no perdamos de vista los médicos, que no somos dioses.

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Consejos de Esculapio

   

En la mitología griega Asclepio o Asclepios (en griego Ασκληπιός), Esculapio para losromanos, fue el dios de la Medicina y la curación, venerado en Grecia en varios santuarios. El más importante era el de Epidauro en el Peloponeso donde se desarrolló una verdadera escuela de medicina. Se dice que la familia de Hipócrates descendía de este dios. Sus atributos se representan con serpientes enrolladas en un bastón, piñas, coronas de laurel, una cabra o un perro. El más común es el de la serpiente, animal que, según los antiguos, vivía tanto sobre la tierra como en su interior.

Asclepio tenía el don de la curación y conocía muy bien la vegetación y en particular las plantas medicinales.

Como “Consejos de Esculapio” se conocen las reflexiones hechas por un antiguo galeno a un joven que aspiraba a serlo. Hoy, después de veinticinco siglos, constituyen para los médicos lo que la Biblia para los cristianos, lo que el Corán para los mahometanos o lo que un himno épico para los antiguos espartanos.

Consejos:

¿ Quieres ser médico, hijo mío ? Aspiración es ésta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. ¿ Deseas que los hombres te tengan por un dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto ?¿ Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida ?

Tendrás que renunciar a la vida privada; mientras la mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos, tu puerta quedará siempre abierta a todos; a toda hora del día o de la noche vendrán a turbar tu descanso, tus placeres, tu meditación; ya no tendrás hora que dedicar a la familia, a la amistad o al estudio; ya no te pertenecerás.

Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en casos de urgencia; pero los ricos te tratarán como esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados; harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud, pues estiman en muchísimo su persona. Habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer ternera o cordero, si han de andar de tal o cual modo cuando se pasean. No podrás ir al teatro, ausentarte de la ciudad, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.

Eras severo en la elección de tus amigos; buscabas a la sociedad de los hombres de talento, de artistas, de almas delicadas; en adelante, no podrás desechar a los fastidiosos, a los escasos de inteligencia, a los despreciables. El malhechor tendrá tanto derecho a tu asistencia como el hombre honrado; prolongarás vidas nefastas, y el secreto de tu profesión te prohibirá impedir crímenes de los que serás testigo.

Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación; ten presente que te juzgarán, no por tu ciencia, sino por las causalidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no gastas barbas, otros si vienes de Asia; otros si crees en los dioses; otros, si no crees en ellos.

Te gusta la sencillez; habrás de adoptar la actitud de un augur. Eres activo, sabes lo que vale el tiempo, no habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que soportar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico; ociosos te consultarán por el solo placer de charlar. Serás el vertedero de sus disgustos, de sus nimias vanidades.

Sientes pasión por la verdad; ya no podrás decirla. Tendrás que ocultar a algunos la gravedad de su mal; a otros su insignificancia, pues les molestaría. Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice.

Aunque la medicina es una ciencia oscura, a quien los esfuerzos de sus fieles van iluminando de siglo en siglo, no te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito. Si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

No cuentes con agradecimiento; cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo ha matado. Mientras está en peligro te trata como un dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia, ya le estorbas, y cuando se trata de pagar los cuidados que le has prodigado, se enfada y te denigra.

Cuanto más egoístas son los hombres, más solicitud exigen del médico. Cuanto más codiciosos ellos, más desinteresado ha de ser él, y los mismos que se burlan de los dioses le confieren el sacerdocio para interesarlo al culto de su sacra persona. La ciudad confía en él para que remedie los daños que ella causa. No cuentes con que ese oficio tan penoso te haga rico; te lo he dicho: es un sacerdocio, y no sería decente que produjera ganancias como las que tiene un aceitero o el que vende lana.

Te compadezco si sientes afán por la belleza; verás lo más feo y repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Cuantas veces, un día hermoso, lleno de sol y perfumado, o bien al salir del teatro, de una pieza de Sófocles, te llamarán para un hombre que, molestado por los dolores de vientre, pondrá ante tus ojos un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: ¨Gracias a que he tenido la preocupación de no tirarlo¨. Recuerda, entonces, que habrá de parecer que te interese mucho aquella deyección.

Hasta la belleza misma de las mujeres, consuelo del hombre se desvanecerá para ti. Las verás por las mañanas desgreñadas, desencajadas, desprovistas de sus bellos colores y olvidando sobre los muebles parte de sus atractivos. Cesarán de ser diosas para convertirse en pobres seres afligidos de miserias sin gracia. Sentirás por ellas más compasión que deseos. !Cuantas veces te asustarás al ver un cocodrilo adormecido en el fondo de la fuente de los placeres!

Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre le dolor de los cuerpos y de las almas, entre los duelos y la hipocresía que calcula a la cabecera de los agonizantes; la raza humana es un Prometeo desgarrado por los buitres.

Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Ni siquiera encontrarás apoyo entre los médicos, que se hacen sorda guerra por interés o por orgullo. Únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en tus fatigas. Piensa mientras estas a tiempo; pero si indiferente a la fortuna, a los placeres de la juventud; si sabiendo que te verás solo entre las fieras humanas, tienes un alma bastante estoica para satisfacerse con le deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas bien pagado con la dicha de una madre, con una cara que te sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansías conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino,

!Hazte médico, hijo mío!