
Alan Mathison Turing; Londres, 1912-Wilmslow, Reino Unido, 1954, fue un Matemático británico, uno de los pioneros más importantes en la creación de lo que se convertiría en La Teoría de la Computación. El misterio fue un común denominador a lo largo de la vida de Turing, entre otras cosas por su participación en el servicio británico de inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial.
El repudio de la sociedad británica debido a su homosexualidad, y su trágico suicidio, siguen siendo motivo de las más enconadas controversias.
Pasó sus primeros trece años en la India, donde su padre trabajaba en la Administración colonial. De regreso al Reino Unido, estudió en el King’s College y, tras su graduación, se trasladó a la Universidad estadounidense de Princeton, donde trabajó con el lógico A. Church.
En 1934, Von Newman, un famoso matemático hijo de una familia de banqueros húngaros, estaba dando un curso como visitante en el King’s College de Cambridge. El curso terminaba con la demostración en la pizarra del teorema de Gödel (En su artículo de 1931, demuestra que en cualquier sistema lógico basado en axiomas y reglas de inferencia, existen enunciados cuya verdad o falsedad no vamos a poder decidir, basándonos en la propia lógica matemática del sistema) y sus depresivas implicaciones. Quizás nunca se supiese si eran ciertos el tercer teorema de Fermat o la conjetura de Goldbach. De hecho, era dudoso incluso que “cierto o falso” les pudiese ser aplicado. Para ilustrar el tema y volviendo a la tercera pregunta de Hilbert, Von Newman dijo que la cuestión era “si existía una forma mecánica de demostrar su falsedad o veracidad”. Uno de los alumnos más callados era Alan Mathison Turing, que durante dos años dio vueltas a la frase mientras corría por las carreteras alrededor de Cambridge practicando atletismo.
Aunque Von Newman, con toda probabilidad, dijo “mecánico” queriendo decir “sistemático y que siga reglas conocidas”, para Turing, que sólo tenía 22 años y muchas inquietudes espirituales, aquello era una cuestión metafísica, con una importancia de primer orden. ¿Es el cuerpo humano una máquina? es decir, ¿son sus estados posibles finitos y determinados o bien son infinitos y/o no deducibles de su estado inicial?
Estaba en su apogeo un debate intelectual sobre el determinismo, que Eddington y varios más protagonizaban desde que la mecánica cuántica y el principio de indeterminación de Heisenberg, habían puesto sobre el tapete otra vez el venerable problema planteado por Laplace. ¿Era la cuántica la solución al problema de la voluntad humana versus la determinación (fuera ésta divina, mero producto de la física laplaciana o de ambas a la vez)?. Muchos creían que no y pensaban que eso sólo era una trampilla de escape, que utilizaba el desconocimiento de la manera de funcionar del nivel subatómico de la materia para eludir el problema.
Turing había leído mucho sobre cuántica y estaba sumido en un mar de dudas. Era un problema ciertamente difícil, el auténtico nudo de la filosofía occidental, que implicaba problemas religiosos y ontológicos que habían hecho parpadear con respeto al mismísimo Inmanuel Kant. Turing buscó la forma de atacar el problema examinando los límites intrínsecos del pensamiento mecánico. ¿Acaso no era el manejo del lenguaje lo que separaba al hombre de las máquinas? ¿Podía una máquina de estados finitos y determinados por las condiciones iniciales manejar símbolos como una persona?. Según contaría el mismo, un día, descansando en un prado después de correr diez millas, decidió que la única forma de solucionar el problema era describir esa máquina de forma exacta o incluso mejor aún construirla.
En 1937 publicó un célebre artículo en el que definió una máquina calculadora de capacidad infinita (máquina de Turing) que operaba basándose en una serie de instrucciones lógicas, sentando así las bases del concepto moderno de algoritmo. Así, Turing describió en términos matemáticos precisos cómo un sistema automático con reglas extremadamente simples podía efectuar toda clase de operaciones matemáticas expresadas en un lenguaje formal determinado. La máquina de Turing era tanto un ejemplo de su teoría de computación como una prueba de que un cierto tipo de máquina computadora podía ser construida.
Así, Turing es considerado uno de los principales pilares de lo que hoy en día llamamos la inteligencia artificial. Gracias a él otros tantos científicos han podido continuar una gran labor en lo que es el sector de la computación y la informática
La Segunda Guerra Mundial ofreció un insospechado marco de aplicación práctica de sus teorías, al surgir la necesidad de descifrar los mensajes codificados que la Marina alemana empleaba para enviar instrucciones a los submarinos que hostigaban los convoyes de ayuda material enviados desde Estados Unidos; Turing, al mando de una división de la Inteligencia británica, diseñó tanto los procesos como las máquinas que, capaces de efectuar cálculos combinatorios mucho más rápido que cualquier ser humano, fueron decisivos en la ruptura final del código.
Definió además un método teórico para decidir si una máquina era capaz de pensar como un hombre (test de Turing) y realizó contribuciones a otras ramas de la matemática aplicada, como la aplicación de métodos analíticos y mecánicos al problema biológico de la morfogénesis.
En 1952 comienza el principio del fin. Durante su vida aprendió a vivir con secretos, pero algunos creyó que necesitaba guardarlos. No pregonaba abiertamente su homosexualidad, tampoco la escondía. Lo acusaron de ultraje a la moral pública y lo sentenciaron a tratar su cuerpo con estrógenos; eran el mismo tipo de teorías médicas que más tarde nos mostraron en “La naranja mecánica” con el tratamiento Ludovico, o la lobotomía en “Alguien voló sobre el nido del cuco”. El hombre que cuidaba su cuerpo, para participar en competiciones atléticas, vio como engordaba y le abultaban los pechos.
Ya no es seguro mantenerlo trabajando en los proyectos gubernamentales de criptoanálisis. Estamos en los tiempos del inicio de la guerra fría: yo te espío, tu me espías. Para mayor psicosis, al servicio secreto inglés le ha salido una oveja negra, o más bien cinco; pero ellos no lo saben. Los Cinco de Cambridge trabajan para los rusos. Guy Burgess y Donald Maclean abandonan el país cuando se enteran que poseen evidencias de sus actos de traición. En ese mismo año, 1951, otro miembro de los Cinco, John Cairncross, reconoce que pasó documentos importantes. El MI6 descubre que los rusos manejan información sobre el código Enigma (la máquina codificadora más famosa de la Alemania nazi). Cairncross trabajó en Bletchley Park y quizás conoció a Turing. Para el MI6 no importa el escaso interés político de Turing. Él ante su falta de trabajo y la humillación en su país admite haberse planteado la idea de irse a Francia en busca de trabajo. Al servicio secreto inglés no le da igual.
Al terminar la guerra los ingleses y americanos, que compartieron todos los conocimientos sobre Enigma, decidieron vender el excedente de máquinas en su posesión. Total, sabían como descifrarla. No extrañaría suponer que los compradores creían en la segura invulnerabilidad del prodigio alemán. No obstante temen la fuga de cerebros. La conclusión de la guerra desencadenó muchas carreras: la carrera de los rusos por conseguir la bomba atómica, la carrera por la aviación a reacción, la carrera por los científicos alemanes. En “El buen Alemán” los americanos no escatiman en recatar crímenes contra la humanidad con tal de llevarse vivos a científicos alemanes. Turing resulta ser un personaje incómodo.
Oficialmente Turing se suicida, como Marilyn Monroe. Extraoficialmente, extraoficialmente no hay nada. Su hastío por la vida a la cual lo llevaron constituye motivo suficiente para un suicidio. En julio de 1954 no le queda nada, después de menoscabar sus teorías, a principios de 1952, todo fue un acumulo de mala suerte: le roba su amante, lo acusan de ultraje a la moral pública, lo condenan a la castración química, lo echan del trabajo.
Sólo una manzana, encima de la mesilla, junto a la cama, donde duerme, como Blancanieves, con un mordisco y rociada de una solución de cianuro.
Algunos nos gustaría pensar que no se suicidó; que fue el resultado de una genuina historia al estilo de John le Carré; que algún día será el héroe protagonista de una película de espías. Al fin y al cabo, como titula David Leavitt en su libro, Alan Turing era “El hombre que sabía demasiado”.