El rapto de Proserpina: Bernini

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(Nápoles, 1598-Roma, 1680) Escultor, arquitecto y pintor italiano. Bernini es el gran genio del barroco italiano, el heredero de la fuerza escultórica de Miguel Ángel y principal modelo del Barroco arquitectónico en Europa.

Aprendió los rudimentos de la escultura en el taller de su padre, Pietro (1562-1629), un escultor manierista de cierto relieve. Fue también su padre quien lo puso en contacto con algunos de los mecenas más importantes de su tiempo, lo que le permitió manifestar su talento de una forma bastante precoz. En sus obras más tempranas (Eneas, Anquises y Ascanio, El rapto de Proserpina) resultan ya evidentes la ruptura con el manierismo tardío y una concepción radicalmente distinta de la escultura; el intenso dramatismo, la grandiosidad y la búsqueda de efectos escenográficos están ya presentes en estas primeras creaciones.

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Proserpina es una antigua diosa cuya historia es la base de un mito de la primavera. Es la equivalente en la mitología romana a la diosa griega Perséfone. Proserpina fue subsumida por el culto de Libera, una antigua diosa de la fertilidad, esposa de Liber. Es una deidad de vida, muerte y resurrección.

Mito

Proserpina fue hija de Ceres y Júpiter, y se la describía como una joven sumamente encantadora.

Venus, para dar amor a Plutón, envió a su hijo Cupido (también conocido como Eros) para que acertase a Plutón con una de sus flechas. Proserpina estaba en Sicilia, en el lago Pergusa (cerca de Enna), donde se bañaba, jugaba con algunas ninfas y recogía flores. Entonces Plutón surgió del cercano volcán Etna con cuatro caballos negros y la raptó para casarse con ella y vivir juntos en el Hades, el inframundo grecorromano, del que era gobernante. Plutón era también su tío, pues Júpiter y Ceres eran sus hermanos. Así pues, Proserpina es la Reina del Inframundo.

Su madre Ceres, diosa de la naturaleza o la Tierra, marchó a buscarla en vano por todos los rincones del mundo, pero no logró hallar más que un pequeño cinturón que flotaba en un pequeño lago (hecho con las lágrimas de las ninfas). En su desesperación Ceres detuvo enfurecida el crecimiento de frutas y verduras, y se arrancó los vestidos y se arañó la cara, cayendo así una maldición sobre Sicilia. Ceres rehusó volver al Olimpo y empezó a vagar por la tierra, convirtiéndose en desierto lo que pisaba. Perdió su hoz en la ciudad de Trápani.

Preocupado, Júpiter envió a Mercurio para que mandara a Plutón que liberase a Proserpina. Éste obedeció, pero antes de dejarla ir le hizo comer seis semillas de granada (un símbolo de fidelidad en el matrimonio), de forma que tuviese que vivir seis meses al año con él, pudiendo permanecer el resto con su madre. Pues es esta la razón de la primavera: cuando Proserpina vuelve con su madre, Ceres decora la tierra con flores de bienvenida, pero cuando en el otoño vuelve al Hades, la naturaleza pierde sus colores.

Albert Camus

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Intento, de todos modos, solitario o no, hacer mi trabajo  y, si me parece a veces arduo, es porque se desarrolla  principalmente en esta terrible sociedad intelectual en que vivimos, donde se hace alarde de deslealtad, donde el acto reflejo ha reemplazado a la reflexión, donde pensamos a golpe de eslogan y la malevolencia intenta hacerse pasar muy a menudo por inteligencia.

No soy de esos amantes de la libertad que quieren engalanarla con cadenas reforzadas,  ni de esos servidores de la justicia que piensan que sólo servimos a la justicia sacrificando muchas generaciones a la injusticia.

Vivo como puedo: en un país infeliz, rico por su gente y su  juventud, pero provisionalmente pobre en su élites,  en búsqueda de un orden y un renacimiento en el que firmemente creo. Sin auténtica libertad y sin sentido del honor,  yo no puedo vivir. 

Esto es lo que pienso de mi trabajo.

Leyenda sobre el Lago de Pátzcuaro

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Eran aquellos días que se pierden en la bruma de los tiempos, cuando tuvo lugar un hecho que la leyenda ha guardado en el recuerdo de los nativos, quienes celosos de que no se pierda la memoria de lo ocurrido, la han venido transmitiendo de padres a hijos, de generación en generación, a través de los siglos, para que las gentes de estos reinos sepan como se desarrollo tan singular suceso, que dio origen a un grandioso donativo de los manes tutelares de la raza puhrépecha para los hijos de esta tierra Xharatana y de Curicaveris.

Sucedió, pues, que en este bello país moraban en la espesura de los montes los primeros habitantes de la comarca. Eran dueños de cuanto les rodeaba: la fértil tierra les proporcionaba el diario sustento con el purú y el tziri, el tejocote, la xhengua, el exquisito guaraz y otro muchos frutos que endulzaban con la sabrosa tecua de las laboriosas abejas. Los tupidos pinares les daban seguro abrigo y los frecuentes y limpios arroyuelos que brotaban de las profundas entrañas de la tierra, les calmaban su sed y les bañaban sus cuerpos. Nada turbaba aquella vida placida que la madre Cuerápperi reservaba para ellos, y solo para ellos, porque eran los guacúsecha, los hijos de aquella feliz pareja que tucup-acha había puesto en un edén con el encargo de poblar el mundo y con la promesa de que su descendencia seria tan numerosa como las arenas del desierto y como las estrellas que tachonan el azul de Aguandaro.

Y así, un día, aquella vida feliz fue interrumpida por un fenómeno que antes no había aparecido ni volvió a aparecer jamas, pues consistió en que la atmósfera empezó a calentarse gradualmente hasta hacerse insoportable y mortífera, y, como consecuencia de ellos, los campos se agotaron, se secaron las fuentes, y los animales silvestres emprendieron la huida hacia el norte y los hombres ante el temor de sucumbir, se vieron obligados a seguirlos, y en aquella precipitada fuga la única idea que los dominaba a todos era la de huir y solo huir de aquel fenómeno que para todos ellos significaba la muerte. Mas en medio de aquella confusión, repentinamente se dejo oír un ruido fragoroso que venia de lo alto y viose descender una enorme bola centelleante y terrífica, y los hombres al verla sobre sus cabezas, redoblaron su huida empavorecidos, aullaron de terror y se echaron boca abajo sobre la ardiente tierra como tratando de hundirse en ella, implorando la piedad de los dioses, y los animales en veloz estampida siempre hacia el norte, solo trataban de escapar sin hacerse daño unos a los otros.

Pocos momentos duro aquel espectáculo aterrador, pues el enorme bólido – que no pudo ser otra cosa – pronto toco tierra con un estallido ensordecedor que retumbo a muchas leguas a la redonda, lanzando un fulgor brillantísimo y cegador; la tierra se sacudió como convulsionada por un tremendo cataclismo y los montes se tambalearon como si les faltara el equilibrio para sostenerse sobre sus bases, y entonces sucedió lo increíble: los mismo montes abrieron sus entrañas, como consecuencia del sacudimiento, y de sus vientres brotaron caudalosos torrentes, como impulsados por fuerzas gigantescas y por espacio de muchos días fluyeron sin cesar, hasta formar el mas bello de los lagos: EL LAGO DE PATZCUARO.

Y cuando los hombres se repusieron del susto y cuando estuvieron seguros de que había pasado el peligro, regresaron a sus hogares y quedaron maravillados al contemplar el hermoso lago que se presentaba ante sus ojos pero al mismo tiempo se entristecieron al ver sus tierras cubiertas por las cristalinas aguas, y entonces clamaron a los dioses preguntando como iban a vivir sin los frutos de la tierra, y los dioses les contestaron:

“nada os faltara, en las aguas hallareis vuestro sustento”

Y en efecto, en aquellas limpiadas y cristalinas aguas había abundancia de suculentos peces, como el úrapiti, el charari, la acúmara y el thirhus.

Y el lugar donde cayo aquella enorme bola de fuego fue llamado por los nativos: HUECORIO (lugar de la caída) y ahí fundaron con el tiempo un risueño pueblecito, que así también se llama. Y la enorme roca que descendió de los alto, flamígera y fragorosa, aun le nombran: LA HUECORENCHA (lo que cayo)